El debate en torno al Combustible Sustentable de Aviación (SAF) ha dejado de ser un mero deseo aspiracional para convertirse en una necesidad imperiosa en el sector aéreo. En 2025, el SAF será considerado un elemento esencial para la operación de aerolíneas, a pesar de que su crecimiento todavía no responde al urgido ritmo de descarbonización.
Según la Asociación de Transporte Aéreo Internacional (IATA), la producción mundial de SAF alcanzará 1.9 millones de toneladas en 2025, lo que representará apenas un 0.6% del consumo actual. Para 2026, se prevé un aumento a 2.4 millones de toneladas, alcanzando un 0.8%. Sin embargo, esta expansión se acompaña de un incremento de costos significativo para las aerolíneas que deseen adoptar esta etiqueta de sostenibilidad.
En este contexto, la inversión en SAF se está concentrando en regiones y situaciones donde se cumplen tres condiciones fundamentales: políticas públicas eficaces, contratos de compra a largo plazo y acceso a materias primas. En Europa, por ejemplo, la normativa ReFuelEU Aviation establece un mínimo del 2% de SAF que debe utilizarse en los aeropuertos de la Unión Europea a partir de 2025, con una tendencia creciente hacia el 2050. Suiza ha seguido este camino al adoptar una regulación similar a partir del 1 de enero de 2026.
Mientras tanto, el sector busca soluciones a través de acuerdos corporativos que van más allá de las aerolíneas, con la logística firmando compromisos de compra para asegurar el acceso a componentes y atributos ambientales. A nivel industrial, los líderes continúan invirtiendo en capacidad, a pesar de algunos ajustes por la escasez de financiamiento. La demanda no es el problema; más bien, es la competitividad en la escala de producción.
Los desafíos estructurales son bien conocidos, pero se tornan más críticos conforme se acerca 2026. Primero, la presión sobre el suministro: los materiales necesarios, como aceites usados y grasas residuales, compiten con otras industrias, lo que eleva sus precios. En segundo lugar, la incertidumbre regulatoria representa un gran reto. Si bien los reglamentos son necesarios, deben ir acompañados de instrumentos que mitiguen los costos derivados del uso de combustibles convencionales, como créditos o incentivos. Finalmente, la infraestructura necesaria para mezclar, almacenar y distribuir SAF en los aeropuertos requiere inversiones considerables y colaboración entre aeropuertos, proveedores y aerolíneas.
En América Latina, el panorama es mixto. La región cuenta con ventajas en términos de materias primas, gracias a su riqueza en biomasa y agroindustria. Sin embargo, enfrenta desventajas por la falta de marcos políticos claros y acceso a financiamiento. Brasil emerge como un líder al anunciar la producción de SAF a nivel nacional, respaldado por certificaciones de la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), lo que representa un avance desde los programas piloto hacia un suministro comercial más robusto. Para 2026, la gran interrogante para la región no es si habrá proyectos, sino si estos contarán con la solidez financiera necesaria.
En el caso de México, el país se encuentra en una fase que podría denominarse “pre-industrial”. Aunque se están realizando esfuerzos significativos en diseño institucional, la producción local aún es limitada. Un desarrollo prometedor es el estudio impulsado por Volaris y Airbus junto con la OACI, en colaboración con grupos técnicos mexicanos, que busca identificar rutas de producción y crear condiciones habilitantes. Este año representa una oportunidad crucial para que México transforme esta hoja de ruta en decisiones concretas que fortalezcan su papel en el ámbito del SAF.
Con una creciente presión por parte de regulaciones y metas sostenibles, tanto en el ámbito local como internacional, el sector aéreo enfrenta un camino lleno de retos y oportunidades. Con inversiones estratégicas y un enfoque colaborativo, la transición hacia el SAF podría no solo ser posible, sino también esencial para cumplir con las exigencias de sostenibilidad de la próxima década.
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