La frase de “Cuando uno ama lo que hace, no está trabajando” tiene un gran peso en nuestra sociedad, puesto que hacerlo sin descansar, todas las horas del día y, hasta sin cobrar, puede convertirse un problema. Esta mezcla de hacerte creer un privilegiado (por amar lo que haces) y un elegido (por cambiar el mundo) es una trampa mortal para quien necesite la validación externa.
Una cultura corporativa tóxica es un buena estrategia para los adictos al trabajo, pero no es suficiente. “La idea básica es que el workaholic es quien trabaja muchas más horas de las esperadas, pero la adición al trabajo es más compleja, y la diferencia a veces la marca quien le coloca la etiqueta de adicto al otro”, explica Michael P. Leiter, psicólogo experto en relaciones laborales y profesor en Acadia University en Nova Scotia, Canadá.
Leiter, que lleva más de 30 años estudiando el asunto, dice que los compañeros pueden etiquetar como workaholic (contracción en inglés de trabajo y alcohólico) a un colega que trabaja tantas horas que los acaba dejando en mal lugar ante el jefe. “Alguien puede llamar workaholic a su pareja porque en lugar de dedicar tiempo a la casa y los niños, prefiere trabajar a destajo. Hay personas que se etiquetan a sí mismas como workaholics para alardear —desde la falsa humildad— de lo imprescindibles que son en su empresa”, señala Leiter vía email.
Curiosamente, las horas que hay que currar para clasificar como adicto han ido en franco crecimiento en las últimas décadas. En la primera definición de 1971, trabajar más de 50 horas semanales suponía un alto riesgo de adicción. En las revisiones posteriores, los investigadores reconocieron que era muy fácil superar ese umbral en el mercado laboral actual, así que en las nuevas descripciones del concepto se abstuvieron de delimitar un número concreto de horas. Calificaron a los workaholics como “aquellos que invierten más tiempo y energía en el trabajo de lo que se les requiere” (según las investigaciones de 1980).
En las descripciones modernas, la actitud hacia el trabajo manda sobre el tiempo. Las definiciones contemporáneas hablan de un patrón obsesivo de alta inversión vital en el trabajo, con largas jornadas laborales más allá de cualquier expectativa.
El profesor Leiter confirma que no hay número de horas que marque un umbral de riesgo. “Todo depende del contexto, que puede ser muy variable. Por ejemplo, una persona joven con pocas responsabilidades familiares puede dedicar muchas horas a aprender una nueva profesión y consolidar su carrera. Alguien que empieza una nueva empresa, por ejemplo, un restaurante tiene que trabajar muchas horas para establecerse. Pero si alguien con un futuro profesional garantizado y unas jornadas laborales bien establecidas sigue trabajando muchísimas horas, entonces hay que preguntarse cuál es la verdadera motivación”, razona.
El cerebro del adicto
¿Qué pasa en el cerebro de un workaholic? Lo explica el profesor Nestor Braidot, experto en neurociencias aplicadas a la gestión de organizaciones: “Cuando se activa el sistema de recompensas del cerebro, por ejemplo, en el caso de profesionales y empresarios que van recogiendo un éxito tras otro, actúa en forma similar (aunque no idéntica) a las drogas comunes. Si se trata de una persona que “vive en la empresa” para complacer a sus superiores, a la larga puede padecer el síndrome de burnout, que está asociado a un cerebro prácticamente sin energía, exhausto”, explica.
Diversos estudios coinciden en que cerca del 8% de la fuerza laboral global es adicta al trabajo. Un gran estudio noruego de prevalencia de workaholism no encontró diferencias entre hombres y mujeres, clases sociales, solteros o casados, trabajadores contratados y autónomos. La única singularidad que reportaron fue entre los profesionales veteranos y los más jóvenes: estos últimos tenían una conducta de riesgo que los acercaba peligrosamente a la adicción a trabajo.
Para Braidot, detrás de la adicción al trabajo puede haber una gran variedad de causas. “Hay pasión en los emprendedores y en los políticos exitosos, hay infelicidad en los que usan el trabajo como vía de escape para evitar otras emociones, en otros hay perfeccionismo patológico. También pueden existir condicionantes psicológicos: uno de mis clientes, hijo del dueño de una corporación de golosinas, se convirtió en workaholic para ganarse el respeto de un padre autoritario”, cuenta.
Una de las maneras de saber si somos workaholics es aplicarnos la Escala de la Adicción al trabajo de Bergen (Bergen Work Addiction Scale) desarrollada en 2014 por investigadores de la Universidad de Bergen, en Noruega.
En esta escala, puedes valorar tu comportamiento de 1 a 5, donde 1 es nunca y 5, siempre. Si al menos cuatro de las respuestas son “siempre” o “frecuentemente”, puede ser que el workaholic seas tú.
- Piensas en cómo sacar más tiempo de otras actividades para poder trabajar.
- Pasas más tiempo trabajando de lo que inicialmente habías previsto.
- Con el trabajo consigues aliviar sentimientos de culpa, ansiedad, impotencia o depresión.
- Otras personas te dicen que trabajas demasiado, pero nunca haces caso.
- Te estresas y te pones de mal humor cuando te prohíben trabajar.
- Restas prioridad a tus hobbies, actividades de ocio o deporte por tu trabajo.
- Trabajar mucho ha afectado negativamente tu salud.
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