La brecha salarial de género en México, un tema que ha adquirido relevancia en los últimos años, sigue siendo un desafío complejo y persistente. A lo largo de las últimas décadas, esta diferencia ha mostrado una tendencia a la baja, pero los avances han sido más lentos de lo deseado, dejando en evidencia la necesidad de un enfoque más contundente hacia la equidad salarial.
En 1995, la disparidad en ingresos entre hombres y mujeres alcanzaba un preocupante 27%. Sin embargo, al llegar a 2025, esta cifra se redujo a aproximadamente 13%. Esta disminución, que refleja un progreso gradual, es insuficiente para alcanzar una verdadera equidad en el país. Según datos del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), la desigualdad salarial sigue siendo una realidad palpable en el mercado laboral.
A lo largo de este periodo, la brecha ha experimentado fluctuaciones notables. Hay momentos de reducción más rápida donde se perciben ciertos avances, pero también períodos de estancamiento que han impedido una transformación más profunda. A pesar de las mejoras, la diferencia en los ingresos continúa siendo significativa, lo que resalta la lentitud de los cambios estructurales en el entorno laboral.
Los datos más recientes confirman esta realidad. En 2025, el ingreso promedio de los hombres alcanzó los 12,098 pesos, mientras que el de las mujeres se situó en 10,469 pesos. Este contraste reafirma la persistencia de la desigualdad salarial, que no solo se refleja en cifras, sino que también impacta en la vida diaria de miles de mujeres en México.
La evolución de la brecha de género sugiere que, aunque ha habido pasos hacia adelante en las dos últimas décadas, estos no han sido suficientes para lograr una igualdad substancial en los ingresos laborales. Se hace evidente que es necesario seguir trabajando en políticas más efectivas y en la implementación de estrategias que promuevan un cambio real y duradero en la estructura salarial del país.
La lucha por la equidad de género en el ámbito laboral es un reto que no puede ser ignorado. La creación de un entorno justo no solo beneficia a las trabajadoras, sino que también es esencial para el desarrollo económico y social de toda la nación. Establecer medidas concretas que aborden esta problemática será crucial para cerrar la brecha y avanzar hacia un futuro más equitativo.
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