La iniciativa Social Practice CUNY, co-dirigida por la artista Chloë Bass, se prepara para cerrar sus puertas en febrero de 2027, marcando el fin de un capítulo significativo en el ámbito del arte social. En una reciente entrevista, Bass reflexionó sobre la naturaleza efímera de la iniciativa, señalando que “no creo que nadie comience con un plan claro para el cierre, pero tampoco pensé que esto se institucionalizaría de tal manera que existiera para siempre.”
Desde su lanzamiento en 2021, impulsado por un generoso financiamiento de $530,000 por parte de la Mellon Foundation, Social Practice CUNY ha ofrecido becas a estudiantes de posgrado y facultad a través de los 25 campus de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Este programa ha sido más que una mera fuente de fondos; se ha consolidado como una red comunitaria activa, conectando a sus becarios en un esfuerzo por integrar el arte y la justicia social.
La decisión de cerrar el programa se deriva de un proceso reflexivo, impulsado en parte por los cambios personales en la vida de Bass y su co-director, Greg Sholette, quien también es artista y profesor. Bass dejó su puesto de enseñanza a tiempo completo en Queens College al finalizar el año académico 2024-25 para enfocarse en su práctica artística, mientras que Sholette se retiró de su rol docente. A pesar de que Social Practice CUNY ha operado como una institución, Bass lo describe como un proyecto dirigido por artistas.
Social Practice CUNY se basa en sus raíces en Social Practice Queens (SPQ), una colaboración previa de Sholette con el Queens Museum, que buscaba fomentar la interrelación entre el MFA de Queens College y el contenido social de las artes. Juntos, editaron un libro titulado Art as Social Action, que sirve como texto práctico sobre cómo enseñar arte de práctica social.
La propuesta inicial de Social Practice CUNY era incluir a los 25 campus de CUNY, buscando la colaboración entre disciplinas diversas como trabajo social, arquitectura y estudios de rendimiento. “Esto representaba una necesidad de conectar a personas que trabajan en la intersección del arte y la justicia social,” comentó Bass, destacando cómo, aunque el arte social proviene de múltiples disciplinas, la educación universitaria tiende a ser compartimentada.
A lo largo de sus cinco años de actividad, el programa ha otorgado un total de $535,000 en apoyo directo a 129 becarios, quienes han utilizado los fondos de manera flexible para enriquecer su trabajo. Además, se han realizado talleres bajo el título “Cómo sobrevir como artista” y un pódcast que destaca a los becarios.
Con el final del financiamiento de la Mellon Foundation en el horizonte, el equipo de Social Practice CUNY se enfrenta al reto de asegurar fondos adicionales, una tarea complicada durante una transición de liderazgo. Aunque hubo discusiones sobre cómo formalizar el programa dentro de la estructura de CUNY como un instituto, esos planes no llegaron a concretarse, a pesar del apoyo administrativo.
Bass reconoce que el entorno académico enfrenta cada vez más retos, con un creciente escrutinio sobre la gestión de iniciativas que poseen cierta autonomía. Sin embargo, tanto Bass como Sholette mantienen la convicción de que Social Practice CUNY puede ofrecer un modelo para futuras iniciativas en el ámbito educativo. Sholette observa que, aunque es un proyecto pequeño, ha demostrado el valor y la viabilidad de una práctica social interdisciplinaria dentro de la educación superior.
El cierre de Social Practice CUNY no se percibe como un final absoluto. Por el contrario, Bass considera que el modelo puede trascender el espacio académico, convirtiéndose en un recurso valioso que persigue un propósito organizativo en un mundo donde la colaboración y el compromiso son más urgentes que nunca. Ambos fundadores esperan que el legado que dejan pueda ser activado por nuevos colectivos, reinventando y relanzando la iniciativa en el futuro.
A medida que nos acercamos a su conclusión, Social Practice CUNY se convierte no solo en una historia de éxito, sino en un testimonio de la importancia continua del arte social en la educación y en la comunidad, dejando atrás un archivo de recursos y conexiones que podrían volver a cobrar vida.
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