La conversación en torno a la alimentación ha cambiado radicalmente en los últimos años. Ya no se limita a listas en papel que dictan alimentos prohibidos, conteos calóricos y promesas de pérdida de peso en tiempo récord. Hoy, el lenguaje se ha suavizado, adoptando términos como “wellness”, “alimentación limpia”, “balance” y “desinflamación”. Sin embargo, a pesar de esta nueva narrativa, la exigencia de “comer para corregir el cuerpo” persiste, subyacente a las tendencias actuales.
Cada 6 de mayo, se celebra el Día Internacional Sin Dietas, una fecha instaurada en 1992 por Mary Evans Young para cuestionar la industria de productos dietéticos y abordar los trastornos alimentarios, promoviendo la diversidad corporal. Más de tres décadas después, el tema no puede limitarse a las dietas restrictivas. La problemática actual es más sutil e insidiosa, donde prácticas en apariencia saludables pueden potenciar la culpa y la ansiedad respecto a la comida, convirtiendo la alimentación en un acto de control constante.
Comer bien es ciertamente beneficioso, pero el verdadero desafío surge cuando la comida deja de ser una fuente de placer, cultura y socialización, transformándose en una prueba de autocontrol. Esta presión social se manifiesta en el miedo a ciertos ingredientes, el rechazo a comer fuera de casa, y la culpa que puede acompañar un postre. Aunque el movimiento wellness ha destacado la importancia de abordar cuestiones como el exceso de ultraprocesados y la salud metabólica, también ha contribuido a crear un espacio donde la alimentación “sana” a menudo se convierte en un ideal excluyente y obsesivo.
Este fenómeno ha sido bautizado en términos clínicos como ortorexia nerviosa, que describe la obsesión por consumir únicamente alimentos considerados “puros”. Si bien no todos los interesados en una alimentación saludable tienen un problema, la angustia y el aislamiento pueden surgir de esta búsqueda incesante de calidad alimentaria.
La presión no siempre toma la forma explícita de “quiero estar delgada”. A menudo se disfraza de objetivos como “quiero desinflamarme” o “quiero purificarme”. Este cambio en la semántica suaviza las restricciones que antes se asociaban a las dietas severas. En redes sociales, la comida se presenta a través de imágenes estéticamente atractivas, donde los “platos ideales” dominan el paisaje digital, estableciendo nuevas normas estéticas que pueden resultar agobiantes.
En México, según datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición Continua de 2022, se reporta que 1.6% de los adolescentes muestra un riesgo significativo de trastornos alimentarios, con cifras que aumentan entre mujeres y hombres jóvenes. Este dato evidencia que la problemática no es exclusiva de adultos, sino que afecta a una población juvenil cada vez más influenciada por estándares corporales inalcanzables.
La introducción de medicamentos como Ozempic y Wegovy ha cambiado también el debate sobre el peso. No se trata de dietas milagrosas, sino de tratamientos médicos reales para condiciones específicas, aunque su popularidad en la cultura puede complicar su uso adecuado. En Estados Unidos, una encuesta reveló que el 18% de los adultos había utilizado alguno de estos tratamientos, lo que habla sobre la presión culturalizada que sigue estando presente, incluso en el ámbito médico.
La conmemoración del Día Internacional Sin Dietas no debe ser interpretada como una licencia para descuidar la salud. La intención detrás de esta celebración es trascender la visión restrictiva de la alimentación. Cuidar nuestra dieta puede ser necesario y legítimo, pero debe existir una distinción clara entre hacerlo desde un lugar de autocuidados genuinos en lugar de una constante autocrítica.
La comida tiene múltiples dimensiones: desde lo emocional hasta lo cultural. En México, el acto de comer es intrínsecamente social, una forma de festejar y recordar. Reducirlo exclusivamente a cifras, macros o miedos empobrece la experiencia y la convierte en un desafío cotidiano.
En última instancia, la conversación más relevante no se centra en si las dietas son positivas o negativas, sino en quién las prescribe y con qué finalidad. A medida que los términos de la cultura de la dieta evolucionan, es crucial reconocer que detrás de frases como “desinflama” o “purifica”, se esconden las mismas ansiedades de siempre.
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