En un rincón inesperado de San Lorenzo del Escorial se encuentra un chalet que alberga una de las colecciones más impresionantes de música latina en el mundo, con un total de 55,000 vinilos y aproximadamente 25,000 CDs. Este lugar es el reflejo de una pasión desbordante por los ritmos caribeños, que incluyen no solo discos, sino también una vasta colección de memorabilia: libros, revistas, partituras, postales e incluso trajes que pertenecieron a leyendas como Celia Cruz y Josephine Baker. Adicionalmente, se puede explorar una impresionante selección de carteles cinematográficos, predominantemente de México, y un extenso archivo fotográfico, en gran parte donado por el reconocido diseñador neoyorquino Izzy Sanabria.
Detrás de este fascinante museo privado se encuentra la figura de Gladys Palmera, un nombre que en la vida civil corresponde a Alejandra Fierro Eleta. Nacida de padre español y madre panameña, su infancia estuvo colmada de los sonidos de la bossa nova, pero fue un viaje a Panamá el que la llevó a conocer el sello Fania, conocido por su producción de salsa, un género que la cautivó profundamente. Su primera adquisición destacada fue “Metiendo mano”, una colaboración entre Willie Colón y Rubén Blades, lo que marcó el inicio de una búsqueda incansable que la llevó a conocer a grandes como Ñico Saquito y Arsenio Rodríguez.
No contenta con ser una simple coleccionista, Alejandra se aventuró en el ámbito de la radio a finales de los años ochenta, promoviendo la música latina a través de varias emisoras en Barcelona y Madrid. Esto culminó en la creación de Radio Gladys Palmera, una emisora que transmitió durante muchos años a pesar de las dificultades económicas. En 2015, su labor fue reconocida con un premio Ondas, aunque la emisora ya había migrado al formato digital, ofreciendo múltiples canales y programas especializados en la actualidad.
La historia de la colección comienza con una tragedia: durante una inundación en Panamá, una emisora local perdió su discoteca completa. Con determinación, Alejandra decidió no solo rescatar los discos, sino también asegurar su conservación. Un equipo de melómanos se encarga de catalogar y cuidar de cada ejemplar, aunque el acceso es limitado y solo se permiten visitas justificadas.
Curiosamente, la visión de Alejandra sobre la música contemporánea es abierta y sin prejuicios; para ella, el reguetón es otra evolución de la música afrocaribeña, a pesar de sus preocupaciones sobre cómo la fama de este género podría influir en la percepción de otros estilos de la rica tradición musical hispanoamericana. La colección ha sido objeto de interés del Smithsonian en Washington, pero su deseo es que permanezca en Madrid, bajo el cuidado de una institución que facilite su consulta pública.
Así, este chalet es más que un simple refugio para discos; es un tributo a una cultura vibrante y diversa, mantenido por la pura pasión de una mujer que ha dedicado su vida a preservar y celebrar la música latina. La colección es un testimonio de la importancia de la música en la vida y la historia de las comunidades afrocaribeñas, con el beneplácito de su fundadora, quien sigue definiendo su legado en el mundo de la música.
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