Han transcurrido varias semanas desde el cese al fuego del último enfrentamiento entre Israel y Hamás. Sus secuelas- dentro y fuera de la zona- reflejan las inherentes complejidades y dimensiones de un conflicto que se remonta muchas décadas atrás y que en general y de nueva cuenta no fueron abordadas en forma coherente por muchos de los medios de comunicación tradicionales ni por las plataformas sociales.
Independientemente de las interpretaciones subjetivas sobre este nuevo capítulo que abarca los designios genocidas de Hamás, el derecho a la autodefensa de Israel, las divisiones políticas palestinas o los desafíos electorales en Israel, lo que es un hecho irrefutable es que lamentablemente ha servido como mecha para azuzar sentimientos y comportamientos de antisemitismo violento en todo el mundo.
De hecho, fuimos testigos del irresponsable uso y abuso de un amplio glosario de términos reflejando el simplismo de algunos, especialmente en los sectores dizque progresistas, que se dejan arrastrar por concepciones ideologizadas de la realidad. Vocablos como genocida, apartheid, limpieza étnica, han colocado, erróneamente, un conflicto con claras aristas nacionalistas, territoriales y hasta religiosas, como parte integral, por ejemplo, de la búsqueda global de justicia y equidad racial.
Ataques contra individuos judíos en ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Miami, Berlín o Toronto han ocupado titulares continuamente, así como multitud de incidentes de vandalismo institucional contra sinagogas, escuelas judías…



