En la segunda parte de “México 86”, el próximo largometraje del notable realizador Gabriel Ripstein, la narración toma un giro audaz al explorar los enredos políticos y deportivos que llevaron a México a convertirse en sede del Mundial de Fútbol en 1986. La protagonista, Susana, interpretada por Karla Souza, ofrece un contrapeso a la constante verborrea de su amante, el presidente de la Federación Mexicana de Fútbol, Martín de la Torre, encarnado por Diego Luna. En una escena reveladora, Susana le advierte que es incapaz de hablar sin mentir, señalando la complejidad del personaje de Martín, que se presenta como una figura detestable pero carismática.
La película se inspira en el libro “El 86: el año en que México cambió el mundo”, escrito por el cronista deportivo Francisco Javier González. A través de una narrativa que combina comedia, drama y sátira, el guion de Ripstein y Daniel Krauze presenta a Martín como un funcionario mediocre atrapado en la burocracia de la Federación Mexicana de Fútbol en 1983. Ante la renuncia de Colombia a organizar el Mundial, Martín toma una decisión arriesgada: traicionar a su jefe inmediato y denunciar la situación a través de una entrevista con el periodista deportivo José Ramón Fernández.
Este acto de rebeldía le abre las puertas al influyente Emilio Azcárraga, dueño de Televisa y la Femexfut, quien le confía a Martín la tarea de conseguir que México sea sede del Mundial, a pesar de la competencia de Estados Unidos. El filme se desarrolla en un contexto de corrupción arraigada en la FIFA de los años ochenta, donde las mentiras y la manipulación se convierten en herramientas necesarias para alcanzar el éxito.
Narrado en primera persona y con un guiño a la metaficción al romper la cuarta pared, “México 86” sigue la estructura del cronista de vida, similar a personajes como Henry Hill en “Buenos muchachos” o Jordan Belfort en “El lobo de Wall Street”. La película aborda cómo Martín, siguiendo los consejos de Azcárraga, utiliza tácticas poco éticas para ganar la votación en Zurich, desde la falsificación hasta la compra de favores. Este reflejo de la cultura política nacional resuena en los escenarios contemporáneos.
La dirección de Ripstein en “México 86” muestra una evolución significativa desde su debut con “600 km”. Si bien el enfoque estilístico se siente intencionalmente invisible, se nota que el cineasta busca presentar una historia vibrante que evoca una época particular. Las tomas prolongadas permiten que los actores respiren en sus roles, al mismo tiempo que destacan el diseño de producción y el vestuario cuidadosamente ambientados.
Aunque algunos podrían desear una crítica más incisiva a la relación entre el fútbol y la política en México, el resultado final es una sátira entretenida que, lejos de condenar al protagonista, invita a reflexionar sobre las artimañas que llevaron a México a ser sede del Mundial, incluso si esas mismas estrategias llevaron a la selección a una ausencia en el Mundial de 1990.
Lo que empezó como un acto de deshonestidad terminó catapultando a Martín –y a México– al escenario mundial, un recordatorio de que, a menudo, el fin puede justificar los medios en el complejo juego del fútbol y la política.
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