Durante las últimas semanas, el océano Pacífico tropical ha mostrado un aumento notable en la temperatura promedio de sus aguas, una señal preocupante asociada a la formación del fenómeno de El Niño. Este fenómeno no solo puede intensificar la actividad ciclónica en la región, sino que también aumenta la probabilidad de que huracanes de categorías superiores toquen las costas mexicanas. Según expertos, el periodo de lluvias entre mayo y octubre será menos efectivo, mientras que se anticipan más frentes fríos y tormentas invernales entre noviembre y abril, así como olas de calor y temperaturas extremas entre marzo y abril de 2027.
El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) ha pronosticado que el año 2026 verá entre 18 y 21 ciclones tropicales en el Pacífico, un aumento considerable respecto a los últimos tres años, que promediaron 16 ciclones por año. En 2025, se formaron 18 ciclones en el Pacífico; en 2024, solamente 12, y el 2023 vio la formación de 17. Se estima que entre cinco y seis de los ciclones que se prevén para 2026 serán huracanes de categoría uno y dos, mientras que entre cuatro y cinco podrían alcanzar categorías tres o mayores.
El SMN define a los ciclones como depresión tropical cuando sus vientos oscilan entre 45 y 62 kilómetros por hora, como tormenta tropical entre 63 y 118 kilómetros, y como huracanes cuando superan los 119 kilómetros por hora. En la popular escala Saffir-Simpson, un huracán de categoría uno tiene vientos entre 119 y 153 kilómetros por hora, mientras que un categoría cinco supera los 252 kilómetros.
Los registros históricos indican que la mayoría de los huracanes que afectan el litoral mexicano tienden a ser de categoría dos y tres. En años donde se experimentó El Niño, como 1997 y 2015, se registraron ciclones de categorías tres a cinco, aunque años sin este fenómeno, como 2016 y 2018, también vieron huracanes de alta intensidad. Este último dato es particularmente relevante, ya que en 2023 el huracán Otis devastó Acapulco, en un año de fenómeno de El Niño de categoría moderada.
Las temperaturas del mar en 2026 han aumentado 0.5 grados Celsius respecto al promedio histórico, alcanzando más de 1.0 grados en junio. Esta tendencia calienta las aguas del océano y alimenta la formación de huracanes, mientras que el SMN ha registrado 14 eventos de El Niño desde 1980 hasta 2024. De estos, cinco fueron considerados de categoría débil, tres moderados, dos fuertes y cuatro muy fuertes.
Para el periodo de 2026-2027, se espera una fase prolongada del fenómeno, que abarcará todos los meses de verano, invierno y la mayor parte de la primavera. Los especialistas anticipan que este fenómeno podría alcanzar su pico durante el invierno, justo en la ventana más activa de lluvias en el país. Las proyecciones sugieren una probabilidad de 97 a 100% de que El Niño se manifieste, con un 63% de posibilidad de que alcance la intensidad de muy fuerte.
El fenómeno de El Niño también tiene efectos diferenciados a lo largo del país. Se pronostica un verano más seco en el centro-occidente, afectando a estados como Veracruz, Puebla y Jalisco, y una mayor humedad en el norte de México, donde se espera un incremento en las tormentas invernales entre noviembre y abril en estados como Baja California y Sonora.
Las autoridades de Protección Civil, conscientes de la inminencia de estos eventos, se están preparando para monitorear el clima y establecer sistemas de atención a la población. Con la proactividad necesaria, se espera mitigar los efectos destructivos potenciales. La implementación de un sistema de alertamiento temprano que ponga en aviso a la población de la llegada de huracanes por medio de teléfonos celulares es una de las acciones más destacadas. El éxito de estas medidas dependerá de la vigilancia constante y de una buena gestión de recursos hídricos, esenciales para afrontar la temporada de sequías.
Con esta serie de advertencias y planes de acción, México se prepara para enfrentar lo que podría ser una temporada ciclónica activa y desafiantes condiciones climatológicas en la próxima temporada, estableciendo un precedente sobre la importancia de la precisión en los pronósticos y la planificación adecuada en la gestión de desastres.
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