El pez tequila del río de Teuchitlán, en Jalisco, gracias a un proceso de rescate y reintroducción de la especie, una noticia que ha alegrado el fin de año a biólogos de medio mundo. Apenas mide ocho centímetros y pesa 15 gramos, pero el picote tequila, que también se llama, así como otros de su misma familia, los goodeidae, son valiosos para los biólogos conductuales y evolutivos por su condición de vivíparos, es decir, las hembras son fecundadas y pasan un embarazo de nueve meses.
Pero antes habrán elegido pareja, lo que obliga a los machos a bailar como es debido y a mostrar el mejor color en la cola o las aletas. Un intenso tono anaranjado le dirá a la hembra que ese ejemplar ha sobrevivido, a pesar de su atrayente aspecto, a la depredación de otros seres acuáticos. Y lo considerará apto. Pero el avance industrial y agrícola ha ido depositando contaminantes en los ríos mexicanos afectando gravemente la reproducción de los goodeidae. Ya no lucen tan lindos colores y nacen con alteraciones neurológicas que dificultan las danzas que atraían a las hembras. En definitiva, ya no hay machos como los de antes: los goodeidae están en peligro de extinción.
La crianza solo e en México y Asia
México es, junto con Asia, el único lugar donde se crían estos pececillos. Pero México es también un país con el 70% de sus ríos contaminados. Mal asunto. El pez tequila o gallito solo existía ya en el río de Teuchitlán, en Jalisco. Y su presencia se perdió a partir de 1992. En años posteriores aparecía algún ejemplar o varios, pero se daban por extinguidos al poco tiempo. En 2003 se perdió su pista definitivamente.
Los esfuerzos de varios departamentos de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, con el científico Omar Domínguez a la cabeza, han logrado devolverlo ahora a sus aguas originales. Por suerte, en algunos centros de investigación del Reino Unido y Estados Unidos se estudia esta especie en cautiverio y algún zoológico, como el de Chester los conserva, lo que ha permitido criarla y reintroducirla en su hábitat. Ha sido el primer intento en toda América Latina de repoblar un pez vivíparo, cuentan los científicos de Michoacán en su página web. Y lo han logrado.
El ser humano no se come al picote tequila
Pero las especies invasoras, como la tilapia o la carpa se dan un buen banquete con ellos. El manantial de Teuchitlán ha sufrido también construcciones como presas o balnearios que han fragmentado el ecosistema donde se desenvolvía el pescadillo. Además, el ganado abreva en el único refugio del tequila, que está, justamente, en la ruta del tequila, por tierras jaliscienses.
La selección natural de Darwin explica la evolución de las especies, los goodeidae, que ya han perdido varias de sus especies por la contaminación, incluido el tequila, felizmente devuelto a la vida. La cola rematada en un intenso tono naranja no es la única gracia de los gallitos de Teuchitlán: hay que moverla con arte. “Los machos hacen un cortejo muy especial, mueven las aletas y algunas hembras se acercan relamiéndose porque piensan que han descubierto una larva de libélula. Acuden al engaño y es entonces cuando el macho aprovecha para la cópula”.
Esta trampa sensorial la explica Omar Arellano, biólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y experto en los goodeidae, a los que dedicó seis años de doctorado. “El color lo adquieren mediante la alimentación, comen pulgas de agua, larvas de libélula, gusanitos rojos”, prosigue. Al cabo de los nueve meses, el parto dejará los embrioncitos en las orillas del río, donde la temperatura y el alimento es más favorable. Justo donde la corriente deposita los productos industriales y los plaguicidas. Nacen en una casa contaminada y sus pequeñas anatomías ya traen el veneno en el cuerpo, explica el biólogo.
México tiene una enorme asignatura pendiente con la protección de su naturaleza
Muchas especies se dan solo en este país de gran riqueza medioambiental, como el ajolote, que es capaz de reconstruir sus miembros amputados en muy poco tiempo. Ese milagro está en la mira de prestigiosos laboratorios de todo el planeta, pero el ajolote está en grave peligro de extinción por problemas similares a los del picote tequila. “El tratado de libre comercio firmado con Estados Unidos y Canadá en los noventa desarrolló fuertemente la industria, pero no se adoptaron leyes para salvaguardar los destrozos asociados a ella. El nuevo tratado, el TMEC, incluye compromisos ambientales que pueden contener ese problema. A ver si se aplican”, desconfía Arellano.
Los biólogos y otros colegas se afanan por devolver a la naturaleza lo que el ser humano se empeña en quitarla. No es fácil, se tardan años y el proceso a veces concluye sin éxito. En este caso, los que han participado en el proyecto michoacano pueden brindar a gusto este fin de año. El gallito ya mueve su cola anaranjada por las aguas del Teuchitlán.
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