Nicolás Bernal, un adolescente flaco y melancólico, se recuerda a sí mismo, como si se tratara de la vida de otro, frente a un escuadrón de antidisturbios. Recuerda que a su alrededor había una hilera de edificios derruidos y llenos de grafitis, al sur de Bogotá. Venía de jugar al fútbol con unos amigos cuando, al cruzar una calle principal, se encontró frente a un pelotón de soldados. Después de ese instante todo se le vuelve nubloso. Lo siguiente que le viene a la memoria es el traqueteo de un vehículo en el que se encontraba.
—Me desperté un pedacito y yo iba en un… ¿cómo se llama eso en lo que usted trabaja?
—Taxi—, le responde su padre, Ericsson Bernal.
Su prima Laura Sofía escucha el diálogo entre padre e hijo mientras se cepilla el pelo frente a un espejo del salón de su casa. “Desde ese día hay que completarle las palabras y las frases”, interrumpe ella.
El muchacho, de 13 años, no se da por aludido y continúa el relato: “Eso, taxi”. Se volvió a desmayar a continuación, cuenta. Iba camino del hospital, le llevaba un taxista que lo había recogido en la calle, antes de que la multitud pudiera pasarle por encima.
Bernal recibió el golpe de un bote de gas lacrimógeno en la parte de atrás de la cabeza. Era el 30 de abril. En el momento del impacto, según los testigos, convulsionó y expulsó sangre por la boca y los oídos. El impacto le tuvo 15 días en el hospital y le ha afectado la visión del ojo izquierdo. Para demostrarlo se quita el parche y deja al descubierto dos pupilas descompasadas. “Lo veo a sumercé dos veces”. En la habitación del hospital recibió la visita de su padrino, una de las personas que más quiere y de la que ahora ha olvidado el nombre. Se refiere a él como “el hombre alto”.

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