En un par de semanas, los mexicanos votaremos para renovar la Cámara de Diputados, varias gubernaturas y las alcaldías del país. No han sido, las que están por acabar, unas campañas comunes. La polarización reinante, azuzada cada mañana desde Palacio Nacional, es tal que las elecciones parecen haberse visto reducidas (no solo por los roces entre funcionarios, candidatos y militantes, sino en la discusión cotidiana de los ciudadanos en las calles y las redes) a un referéndum en torno a la popularidad de Andrés Manuel López Obrador.
El problema de que las votaciones de medio sexenio se conviertan en esta suerte de opción binaria al estilo “conmigo o contra mí” que ha lanzado el presidente, es que es una estrategia de corto plazo que solo le funciona a él… Y también, hay que decirlo, a la alianza PRI-PAN-PRD. Porque convertirse en los enemigos públicos número uno del poder les atraerá los votos mayoritarios de quienes están furiosos, hartos o decepcionados con López Obrador y sus acólitos. Y las encuestas parecen indicar que esos números van en alza.
Si Morena y sus partidos satélite retienen el control de la cámara y avanzan en una mayoría de los Estados y ciudades que no dominaban, quedará confirmado lo que el mandatario remacha cada día: que la gente está feliz con él y que su respaldo es inmenso. Si los votos no les alcanzan para tanto, en cambio, la imagen blindada que el Gobierno trata de vender se verá muy abollada… Y los forcejeos por la sucesión presidencial se desatarán de forma inmediata.

No es casualidad que muchas de las posturas críticas que más han calado e irritado al Gobierno y quienes lo apoyan no provengan de la oposición partidista, sino de esos grupos civiles cuya existencia tanto le escuece al mandatario. Las colectivas feministas, las organizaciones de pueblos originarios, los grupos ambientales comunitarios, las cooperativas de familiares de personas desaparecidas son algunos sectores que impulsan sus propias agendas y acciones sin importar la posición que tomen ante ellos López Obrador o sus adversarios. Cualquier país requiere grupos así. Y no solo ellos, sino muchos más. Grupos capaces de plantarse ante el poder, ocúpelo quien lo ocupe, y dejar claro que la política no solo de trata de darles nuestros votos a uno y otros. Los ciudadanos no somos pollos que pasan del corral de uno al de los de enfrente. Hay que votar, sí, pero hay que hacer más.
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