En las Navidades de 1925, al albur de un encuentro amoroso en una estación de esquí, Erwin Schrödinger concibió una ecuación que sedujo a los físicos más eminentes de su tiempo. El rapto erótico-matemático parecía resolver de un plumazo los problemas generados por la mecánica cuántica. El mundo de la física parecía volver a la normalidad y Einstein lo celebraba.
Paradójicamente, el propio Schrödinger nunca aceptó la interpretación oficial que los cuánticos hicieron de su ecuación. La teoría literaria nos dice que la interpretación de la obra, una vez escrita, ya no pertenece a su autor. Eso mismo se cumplía en el ámbito de la física. Al fin y al cabo, las matemáticas son una ciencia impersonal y la “desaparición de autor” adquiere en esta ciencia su máxima expresión.
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Schrödinger confesó que le hubiera gustado ser poeta, pero que en seguida advirtió lo difícil que hubiera sido ganarse la vida con la poesía. Aunque la teoría cuántica había nacido en la Alemania de Weimar, Schrödinger procedía de un ambiente similar: la Viena de fin de siglo. Tras la primera gran guerra (en la que había sido movilizado como artillero, como Wittgenstein), los victoriosos aliados castigaron al enemigo vencido con la humillación del Pacto de Versalles.
En toda Austria se pasaba hambre, salvo en las granjas, “donde nuestras pobres mujeres y hermanas eran recibidas con desdén cuando iba a pedir mantequilla, huevos o leche, a cambio de una chaqueta de punto o enaguas finas”. La familia Schrödinger vivía en una casona del centro de Viena, sin electricidad, y frecuentaba los comedores colectivos. Su padre, al que reconoce como uno de sus principales maestros, murió en esa época y su madre se vio obligada a dejar la casa familiar por carecer de recursos para mantenerla. Mientras tanto, él asumió su primer trabajo como profesor. Posteriormente, una recurrente pesadilla le recordaría lo mal que se había portado con sus padres los años de posguerra.
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En la breve autobiografía de Schrödinger encontramos algún que otro elogio de la antropología. “¿Qué diríamos de un hombre que nunca ha salido de su pueblo natal si definiese el clima de su aldea como sorprendentemente cálido o increíblemente frío?”. Y no deja de ser curioso que su relato biográfico concluya con un elogio de Sancho Panza y sus disertaciones extraídas del refranero español. Confiesa que, para el trato personal, preferiría a Sancho que a Schopenhauer.
A Schrödinger se le reprochó carecer de sentido para la amistad y tenerlo sólo para la aventura amorosa. En el relato de su vida trata de desmentirlo y solo habla de sus amigos. Apenas aparecen las mujeres y se excusa en sus carencias como narrador. Una omisión que, en su caso, “da lugar a un gran agujero”, pero que le parece adecuada para no dar pie al chismorreo. En estos asuntos “ningún ser humano es completamente sincero o veraz, o no puede serlo”.
Se le reprochó carecer de sentido para la amistad y tenerlo solo para la aventura amorosa


