El reciente incremento en la producción de armas por parte de Rusia, bajo la dirección del presidente Vladímir Putin, se ha vuelto un tema de preocupación en el contexto de la guerra en Ucrania. Un video difundido por la televisión del Ministerio de Defensa ruso ilustra esta escalada al mostrar a adolescentes, algunos de tan solo 15 años, trabajando en la planta de Yelabuga, donde se producen los drones Gran-2, la versión rusa del Shahr 136 iraní. Estos jóvenes provienen de una escuela técnica cercana y son parte de una estrategia más amplia de Rusia para incrementar su capacidad bélica en el conflicto.
La importancia de estos drones ha crecido exponencialmente, convirtiéndose en instrumentos cruciales para la estrategia de bombardeo de Putin. Su uso tiene como objetivo desmoralizar a las fuerzas ucranianas y aterrorizar a la población civil. La producción de armas no solo responde a una necesidad estratégica, sino que también busca acelerar la autosuficiencia del país mediante el establecimiento de fábricas en múltiples regiones.
El Kremlin ha enfatizado la necesidad de alcanzar sus metas en la guerra antes de considerar un acuerdo de paz. Mientras tanto, Estados Unidos, a través de Donald Trump, ha instado a Rusia a aceptar un alto el fuego en un plazo de 50 días, o enfrentarse a sanciones severas. Este panorama se complica con las proyecciones de que Rusia planea desplegar miles de drones Shahed cada noche para intensificar sus ataques.
Los datos revelan que la producción de drones en la planta de Yelabuga se ha incrementado significativamente, alcanzando estimaciones de más de 5,000 unidades mensuales. En la primera mitad de 2025, se prevé que se construyan hasta 18,000 drones. Según un centro de estudios afiliado al Kremlin, los ataques rusos incluyen más de 500 drones y misiles cada noche, y se anticipa que esta cifra pueda llegar a 1,000 en un futuro cercano.
Rusia llevó a cabo su ataque más extenso el 9 de julio, lanzando 741 misiles y drones contra varias ciudades ucranianas. La misión detrás de estos ataques busca erosionar la moral del pueblo ucraniano y socavar la defensa de Kiev.
En la esfera económica, los drones utilizados en estos ataques son relativamente baratos, costando entre 35 y 50 dólares cada uno, en comparación con los sistemas de defensa de Ucrania, que son significativamente más caros. Por ejemplo, cada misil Patriot, utilizado para interceptar ataques rusos, tiene un costo aproximado de 5.5 millones de dólares. Esta disparidad en costos representa un desafío considerable para las capacidades defensivas ucranianas.
La planta de Yelabuga, que se estableció en 2023 en una zona económica especial, no solo es un símbolo del esfuerzo industrial ruso, sino que también abre la puerta a la importación directa de tecnología de drones kamikaze desde Irán si fuese necesario. Los drones Gran-2 son capaces de alcanzar velocidades de 300 km/h y pueden llevar ojivas de hasta 50 kg, lo que aumenta su efectividad en los ataques.
La producción de estos dispositivos está en constante aumento, con el Kremlin empujando para que el modelo de Yelabuga se expanda a nivel nacional, buscando así reducir la dependencia de importaciones extranjeras. Con una capacidad proyectada que podría llegar a los 2,000 drones lanzados cada noche, la situación continua planteando un grave reto tanto para Ucrania como para sus aliados.
La información aquí presentada refleja los hechos y cifras hasta la fecha de publicación original, el 21 de julio de 2025.
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