Con la conmemoración del 40 aniversario luctuoso de Juan Rulfo, uno de los escritores más emblemáticos del siglo XX, surge un aspecto menos conocido de su vida: su pasión por la fotografía. Rulfo, autor de obras clásicas como “El llano en llamas” (1953) y “Pedro Páramo” (1955), no solo dejó una huella literaria imborrable, sino que también exploró el mundo a través de su lente, capturando momentos que reflejaban su profundo interés por lo humano.
Nacido en 1917 y fallecido en 1986, Rulfo comenzó a tomar fotos en la década de 1930. Su hijo, Pablo Rulfo, relata que su padre aspiraba a ser fotógrafo y participó en concursos de fotografía en los años 40, e incluso realizó exposiciones individuales en Guadalajara en los años 60. Su curiosidad por esta disciplina se manifestaba en sus viajes por México, donde se dedicaba a registrar imágenes durante su trabajo como agente de ventas y más tarde en proyectos estatales, como el relacionado con la construcción de una presa hidroeléctrica en Papaloapan.
El icónico escritor disfrutaba de desterrar las ligaduras de un enfoque meramente estético. Su trabajo fotográfico se centraba más en la significación humana detrás de cada imagen que en la búsqueda de una técnica depurada. Este interés se reflejaba en su biblioteca, donde guardaba numerosos textos sobre fotografía, lo que indica un conocimiento profundo de la materia.
En 1980, Rulfo realizó una exposición en el Museo del Palacio de Bellas Artes, un homenaje nacional que sorprendió a muchos. Se exhibieron alrededor de cien fotografías y se publicó un libro que complementaba la muestra. A pesar de su talento como fotógrafo, Rulfo no se dedicó completamente a esta faceta, las exigencias de la vida cotidiana y su trabajo en el Instituto Nacional Indigenista marcaron su camino. Allí, además de gestionar publicaciones, tomó fotografías durante sus viajes, todas con un carácter de registro personal, evidenciando su inclinación por lo visual.
Juan Rulfo también desarrolló lazos con fotógrafos destacados como Manuel Álvarez Bravo y Nacho López, quienes capturaron su propia esencia a través de sus cámaras. Esta interrelación se tradujo en un ejercicio de retrato mutuo que resonaba con la humanidad que ambos artistas buscaban preservar.
En el contexto de su legado, la mirada de Rulfo como fotógrafo revela una amplitud de intereses que se entrelazan con su literatura, donde la descripción de espacios y personajes cobra una vida visual. La importancia de lo visual en su trabajo es notable; su narrativa no solo se limita a la palabra escrita, sino que también incorpora elementos sensoriales que enriquecen su obra.
A medida que se acerca la conmemoración de su fallecimiento, se anticipan actividades que podrían incluir conferencias y mesas redondas, aunque hasta el momento no hay eventos oficiales programados. Así, el legado de Juan Rulfo, tanto en la palabra como en la imagen, continúa vivo, invitando a nuevas generaciones a explorar su universo creativo.
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