El escritor Sergio Ramírez, tuvo en un momento de su vida profesional cambios que lo han marcado hasta el día de hoy, pues lo condenaron al exilio y tuvo que dejar Nicaragua, su país, por la persecución del régimen que lidera su antiguo compañero Daniel Ortega.
Contra Ramírez, Premio Cervantes, pesa una orden de detención que es una amenaza de cárcel. Es por lo que decidió no volver a su país. Sabe que las amenazas del régimen se cumplen, como lo demuestran las decenas de críticos encarcelados en las mazmorras de El Chipote, la cárcel de la dictadura nicaragüense, denunciada como centro de torturas. En esa prisión está encerrada la guerrillera sandinista Dora María Téllez, héroe de la revolución que tiró abajo en 1979 más de 40 años de dictadura somocista. Si bien Ramírez pudo librarse de la cárcel, el exilio es un peso que ahoga. La metáfora que él usa es la de una puerta cerrada que no puede abrir por su propia voluntad. Como si se tratara de una recurrente y terrible pesadilla, en la que esperas ver una luz que dé esperanzas. Se refugia, sin embargo, en la escritura, salvadora siempre. “Sin la escritura no sería nada. Sería una alma vagabunda, errante por el mundo”, afirma el autor de Adiós, muchachos, sus bellísimas memorias sobre la revolución nicaragüense.
Belli y Ramírez repiten el drama del abandono de su tierra. Gioconda dejó Nicaragua cuando tenía 25 años y era una joven poeta llena de ilusiones, una mujer idealista, que soñaba con tirar la dictadura que machaba a su país. Esa dictadura la obligó al exilio, largarse a México. Llegó el 20 de diciembre a una Ciudad de México ya acostumbrada a recibir a huidos de medio mundo. En la capital mexicana la recibió el pintor nicaragüense Róger Pérez de la Rocha, quien trabajaba en un taller gráfico. Una ciudad fría, extraña e inhóspita la golpeó con el hacha de la nostalgia. Pérez de la Rocha la llevó al taller, les contó a los trabajadores la desgracia de esa guapa joven centroamericana, y ellos compraron tequila y pasaron la noche cantando rancheras.
Sergio Ramírez, por su parte, buscó refugio en Costa Rica, ese país que siempre ha abierto sus puertas a los nicaragüenses y que hoy vuelve a ver como decenas de miles de ellos vuelven a buscar refugio en sus ciudades. A finales de los años setenta era San José la capital donde la diáspora ‘nica’ debía estar para planificar la salida del régimen somocista, que cayó en 1979 con un júbilo de esperanzas.
Estas son ya historias pasadas, tal vez, pero que vuelven al recuerdo con el nuevo exilio. “La ausencia provoca que las neuronas que controlan la nostalgia se activen”, dice Ramírez. Y vienen los recuerdos de ese pequeño país tropical dejado atrás, con sus volcanes portentosos, selvas hirsutas, follaje verde que es pulmón y vida, y lagos tan grandes como enormes espejos que se unen en el horizonte con un cielo muy azul, tanto que los poetas de esta tierra siempre le compusieron los versos más preciosos.
Tanto Belli como Ramírez asistieron a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para presentar nuevos libros, el de ella, Luciérnagas (Planeta) una colección de ensayos que son una radiografía de la Nicaragua que ha contado a lo largo de su vida. Ramírez presenta la colección de cuentos Ese día cayó en domingo (Alfaguara). Es un triunfo personal, pero también de los lectores que siguen devotamente a ambos escritores.
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