En una era de cambios drásticos en el panorama político y económico, México se encuentra ante un significativo dilema geopolítico. La llegada de Donald Trump al poder en Washington no solo desató una serie de políticas disruptivas, sino que también reveló una nueva lógica económica estadounidense que antepone la seguridad nacional al libre comercio. Este contexto, que se inició con la llegada de Trump en 2015, ha planteado retos, pero también oportunidades para México, que debe adoptar un enfoque pragmático y fundamentado en su política exterior.
Aquellos que observan con alarma las fluctuaciones en los mercados, derivadas de tendencias que se han ido consolidando desde 2017, se benefician al entender que hay alternativas. México tiene la oportunidad de desarrollar una estrategia efectiva basada en dos ejes fundamentales. El primero es consolidar vínculos con su sector industrial más robusto: la industria automotriz. Este sector ha demostrado ser un baluarte ante las tempestuosas decisiones políticas de EE. UU. Durante las guerras comerciales de Trump, se observó un desplazamiento de operaciones desde Asia hacia México, lo que resultó en un aumento del 35% en las importaciones de autopartes mexicanas entre 2018 y 2022, mientras que las de China cayeron en un 17%.
En la actualidad, el superávit comercial de México con Estados Unidos ha crecido, alcanzando los 171,000 millones de dólares en 2024, lo que contrasta con el superávit de Vietnam, que fue de 123,000 millones en el mismo periodo. Es importante resaltar que, a pesar de los constantes aranceles que han sido objeto de debate, México ha logrado un posicionamiento favorable en comparación con otros países como Vietnam, que enfrenta un 46% de tarifas recíprocas.
El impacto de los aranceles en la industria automotriz mexicana no es trivial. Si se aplicara un arancel del 25%, el resultado sería un incremento considerable en los precios de los automóviles, con un impacto inflacionario que afectaría directamente a los consumidores estadounidenses. Los análisis sugieren que esto podría traducirse en un aumento de 6,400 dólares en el precio promedio de un vehículo y una pérdida anual de entre 500 y 600 dólares por hogar. Por lo tanto, es evidente que los aranceles a la industria automotriz mexicana no sostendrían el lema de “Hacer América Grande Nuevamente”.
México necesita avanzar hacia una “estrategia industrial 2.0”, que vaya más allá del nearshoring. Esto implica implementar incentivos en estados clave como Nuevo León, Guanajuato y Querétaro, alineándose con las metas de los fabricantes que buscan producción cercana al mercado estadounidense.
Simultáneamente, la política migratoria debe ser recalibrada. Durante la administración de Biden, el número de cruces fronterizos alcanzó un récord de 10.3 millones en comparación con 1.9 millones en los primeros cuatro años de Trump. Este aumento puede alimentar narrativas que refuercen la agenda política de Trump. Por lo tanto, una estrategia migratoria que contemple el control pero con un enfoque humanitario, en colaboración regional y una actualización del sistema de refugiados, podría ofrecer un alivio tanto a México como a su norteño vecino.
Esta dualidad en la estrategia —industrial y migratoria— no es un mero deseo, sino un enfoque pragmático basado en la realidad existente. Para superar los desafíos geopolíticos actuales, México cuenta con los fundamentos necesarios; ahora es el momento de reorganizarlos y hacerlos efectivos.
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