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¿Geopolítica versus Geoeconomía?

por en ColumnasTiempo de lectura: 6 min
Retrato en grabado de Javier Santiago Castillo
Ilustración: Columna Digital

La paradoja entre Geopolítica y Geoeconomía, desde mi perspectiva es una disyuntiva falsa. En la discusión occidental, el ascenso de China ha reactivado el problema de la transición de poder y de la posible concentración regional de capacidades. Además, traslada el eje de la competencia entre las potencias de lo militar, sin ninguna pretensión de desdeñar este aspecto, a las tensiones en el ámbito de la economía. Hal Brands y Michael Beckley interpretan la rivalidad chino-estadounidense como una competencia relevante por la combinación de capacidades acumuladas, expectativas estratégicas y temor a futuras restricciones.

El papel territorial del Indo-Pacífico adquiere así centralidad debido a la concentración de rutas comerciales, economías industriales, posiciones marítimas, capacidades tecnológicas y redes de alianzas. Bajo condiciones nuevas reaparece una pregunta planteada anteriormente por Mahan y Spykman: ¿cómo impedir que una potencia transforme una ventaja regional en una posición capaz de modificar el equilibrio general?

La diferencia fundamental del presente con respecto a la Guerra Fría reside en el grado de interdependencia existente entre los principales competidores. Estados Unidos y China mantienen vínculos comerciales, financieros, industriales y tecnológicos considerablemente superiores a los que existieron entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Esta relación genera una competencia paradójica, los mismos vínculos que producen beneficios económicos pueden convertirse en fuentes de dependencia y vulnerabilidad. La rivalidad contemporánea se desarrolla así dentro de redes compartidas, haciendo que la estructura económica internacional forme parte directa del cálculo estratégico (Keohane & Nye, 1977; Brands & Beckley, 2022).

Esta relación permite recuperar otra aportación de Khanna. La geopolítica y la globalización no deben entenderse necesariamente como fuerzas opuestas. La integración económica aumenta los costos de una confrontación abierta al profundizar las dependencias mutuas, pero simultáneamente proporciona nuevas herramientas para proyectar influencia mediante comercio, inversión, infraestructura, empresas y cadenas productivas. Una economía mundial más conectada no elimina la competencia entre potencias; esta puede trasladarse hacia el control de los mecanismos mediante los cuales funciona la propia integración. Según Khanna la globalización se convierte así en uno de los espacios donde se desarrolla la geopolítica contemporánea.

Por ello, la geoeconomía adquiere una centralidad creciente. Si Luttwak había advertido desde 1990 que una parte de la competencia podía desplazarse hacia instrumentos económicos, Blackwill y Harris desarrollaron esta lógica mediante el uso deliberado de comercio, sanciones, inversión, financiamiento, ayuda, política monetaria y acceso a mercados para alcanzar objetivos estratégicos. La interdependencia deja entonces de aparecer como vínculo de cooperación y comienza a analizarse también como capacidad potencial de coerción. Cuanto más indispensable resulte un mercado, una tecnología, un proveedor o un sistema financiero, mayor puede ser la influencia derivada del control de su acceso.

Según esos mismos autores, las sanciones financieras y los controles tecnológicos muestran con claridad esta lógica. Su eficacia depende de la posición ocupada dentro de redes de pagos, mercados, cadenas productivas y ecosistemas tecnológicos, así como de la capacidad del actor afectado para sustituir las conexiones restringidas. La globalización produjo una infraestructura de interdependencia susceptible de utilizarse para imponer costos sin recurrir inmediatamente a la fuerza militar. En ese sentido, la geoeconomía no sustituye a la geopolítica, incorpora mecanismos económicos capaces de producir consecuencias estratégicas dentro de una rivalidad política más amplia.

La evolución del pensamiento de Khanna conduce desde esta competencia por influencia de The Second World hacia una geopolítica de la conectividad. En "Connectography: Mapping the Future of Global Civilization" (2016), la globalización es interpretada como una expansión acelerada de conexiones materiales y comunicativas capaces de modificar la organización funcional del espacio. Ferrocarriles, carreteras, puertos, aeropuertos, oleoductos, gasoductos, redes energéticas y sistemas digitales permiten integrar territorios distantes dentro de circuitos comunes de producción, intercambio e información. La posición de un actor depende así no solamente del territorio que posee, sino de la densidad y calidad de las redes mediante las cuales puede conectarse con recursos, mercados y centros de decisión.

Khanna plantea que la conectividad introduce una representación del espacio que se superpone al mapa político tradicional. Las fronteras estatales continúan delimitando soberanía y jurisdicción, pero las redes funcionales como los corredores económicos, megaciudades, cadenas logísticas, zonas productivas y sistemas de transporte articulan territorios mediante patrones que no necesariamente coinciden con esas fronteras. La creciente importancia de ciudades globales, puertos y corredores regionales demuestra que la capacidad de conexión puede modificar la centralidad relativa de determinados territorios. La geopolítica incorpora así una geografía de nodos y redes junto a la geografía clásica de superficies, fronteras y posiciones.

Esta perspectiva actualiza problemas presentes desde la formación de la disciplina. Mahan había mostrado que el control de rutas y puertos constituía un fundamento del poder marítimo. Por otro lado, Mackinder observó que el ferrocarril podía modificar el valor estratégico de las grandes masas continentales. La conectividad contemporánea amplía esa intuición mediante corredores intermodales, grandes plataformas portuarias, redes energéticas, ductos, cables submarinos y sistemas digitales. Lo novedoso, según Khanna, no consiste en descubrir que las infraestructuras importan, sino en observar la escala, velocidad y densidad con la que actualmente conectan territorios, recursos y centros productivos.

En el centro de las visiones de autores como Khanna, Bastos, Boubeta, Brands y Beckley se encuentran las cadenas globales de suministro. Representan una de las principales expresiones teritoriales de esta geografía funcional. La revolución logística (la estandarización del transporte, expansión portuaria, redes ferroviarias, carreteras y sistemas intermodales) permitió fragmentar la producción entre distintos territorios y construir cadenas de valor de alcance mundial. Su importancia geopolítica reside en una doble condición. Constituyen la arquitectura material de la integración económica y, a la par, producir dependencias respecto de nodos, corredores y proveedores críticos. Lo que durante la expansión de la globalización fue interpretado como eficiencia económica ahora avaluarse también mediante seguridad, redundancia y capacidad de sustitución.

Conceptos como resiliencia, diversificación, reshoring o friend-shoring expresan esta transformación del criterio económico. Las decisiones productivas dejan de evaluarse mediante costos y eficiencia para incorporar seguridad, autonomía y confiabilidad política. La competencia contemporánea exige identificar dónde se encuentran materias primas, componentes, instalaciones productivas y rutas de transporte, qué actores los controlan y qué posibilidades existen de sustituirlos ante una interrupción. La logística pasa así de constituir una cuestión económica a convertirse en una herramienta estratégica.

La energía y los recursos estratégicos forman parte de esta misma estructura de dependencias. Petróleo y gas continúan vinculando seguridad, transporte, mercados y política exterior, mientras la transición energética aumenta la importancia de minerales críticos necesarios para baterías, redes eléctricas y tecnologías avanzadas. Daniel Yergin muestra que el poder energético no depende solo de la existencia geológica de recursos, se suma la capacidad para extraerlos, procesarlos, transportarlos, financiarlos y convertirlos en producción industrial. La geopolítica de los recursos debe analizar la totalidad de sus cadenas de valor y no solamente la localización de los yacimientos.

La estrategia de China de la construcción de la nueva ruta de la seda, que en buena medida se sustenta en la construcción de vías de comunicación e infraestructura, es una prueba fehaciente del papel geopolítico que juegan las comunicaciones, porque facilitan u obstruyen el flujo del comercio global. El control de las rutas comerciales se ha convertido en un punto de tensión en diversas regiones del mundo. Tal vez la más álgida sea la zona de Indo-Pacífico.

La prueba más reciente de la pertinencia de estas perspectivas teóricas es el acuerdo promovido por el presidente Trump con Putin para que Rusia suministre derivados del petróleo a Estados Unidos con el fin de amortiguar el incremento de los combustibles y, que está jugando un papel fundamental en el descontento del electorado estadounidense con las políticas de su presidente.

Es necesario profundizar en el análisis de la transformado del proceso de acumulación de capital a lo largo de las últimas décadas. Eso nos dará alguna luz sobre el futuro cercano.

Professor UAM-I,

@jsc_santiago

www.javiersantiagocastillo.com

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