El pasado 11 de agosto, la embajada de Estados Unidos en la República Dominicana anunció una notable transformación en su selección artística. La embajadora Leah Campos utilizó su cuenta de Instagram para comunicar que la pintura de Kehinde Wiley, titulada Young Artists After Siamesas 1960, sería reemplazada por una imagen del icónico símbolo nacional: la bandera estadounidense. En su publicación, acompañada por la emblemática canción “We’re Not Gonna Take It” de Twisted Sister, Campos enfatizó un cambio hacia un enfoque de “patriotismo americano”.
Esta decisión ha generado un eco significativo en la comunidad artística y diplomática. Según un informe del New York Times del 24 de agosto, el Departamento de Estado ha manifestado su intención de vender la obra de Wiley. Campos, en su publicación, subrayó que bajo la dirección de la administración Trump se estaba “apartando de ideologías globalistas y despiertas”.
La obra de Wiley, que fue comisionada por el Departamento de Estado en 2013, presenta a cuatro modelos dominicanos en un fondo floral azul. Este artista, conocido también por su retrato oficial del expresidente Barack Obama, dedicó dos años a estudiar las obras de destacados artistas dominicanos antes de completar su pieza. Sin embargo, Erin Scavino, directora de Arte en las Embajadas, comentó que “se trabajó duro para quitarla; era muy ‘despierta’ y estéticamente aterradora”.
El contexto que rodea esta decisión se complica aún más por la controversia que rodea a Wiley. Recientemente, una portavoz del Departamento de Estado declaró que no puede haber cabida para un trabajo de alguien con “palabras y representaciones violentas y racistas” en el marco del “Estados Unidos Primero” de la administración. Esto se refiere a una declaración anterior de Wiley sobre una de sus obras que reinterpretaba un pasaje bíblico.
Además, el nombramiento de Wiley ha sido empañado por una demanda por agresión sexual presentada en su contra en febrero de 2025, que él ha negado. Esta situación ha llevado a la administración a investigar la viabilidad legal para vender su pintura, con la intención de que, si es posible, “Arte en las Embajadas” logre hacerlo con orgullo.
Virginia Shore, ex directora de adquisiciones del programa Arte en las Embajadas entre 2000 y 2017, también ofreció su perspectiva sobre esta controversia. Afirmó que calificar la decisión de “despierta” es difícil de entender, considerando que este programa ha sido validado y apoyado financieramente incluso durante la era Bush. Para ella, se trata de construir confianza y empatía a través del arte, una misión que trasciende ideologías momentáneas.
A medida que esta situación se desarrolla, se plantea un debate más amplio sobre la intersección entre el arte, la política y la identidad nacional. Este caso ejemplifica la complicada relación entre la diplomacia cultural y las corrientes ideológicas contemporáneas, un tema que seguro seguirá generando discusión e interés en los próximos meses.
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