Los rebeldes hutíes han intensificado sus ataques contra Arabia Saudita, dirigiendo su ofensiva hacia la refinería de Aramco en Jizán con el uso de dos drones. Este ataque, registrado el 13 de agosto de 2026, representa la segunda amenaza a esta estratégica instalación en menos de una semana y se produce en un contexto de creciente tensión en la región, que la ONU ha calificado como el mayor riesgo de guerra regional desde la tregua de 2022.
Según informes de una fuente militar vinculada a los hutíes, este ataque se ejecutó con “precisión”, respondiendo a lo que el grupo considera violaciones por parte de Arabia Saudita a su espacio aéreo y soberanía. Esto subraya la determinación de los insurgentes de responder a cualquier tipo de agresión.
La refinería de Jizán, conocida por su capacidad de procesar alrededor de 400.000 barriles de crudo al día, ya había sido objeto de un ataque previo el pasado domingo, donde un dron provocó un incendio que las autoridades sauditas pudieron extinguir sin reportar víctimas. Este ataque tuvo lugar justo después de que Arabia Saudita firmara un pacto de defensa mutua con Turquía y Pakistán, con el fin de reforzar la disuasión colectiva ante nuevas agresiones en la región.
La situación actual está profundamente arraigada en la guerra civil de Yemen, que comenzó en 2014 con la toma de Saná por parte de los hutíes. La intervención de una coalición liderada por Arabia Saudita en 2015, apoyando al gobierno yemení reconocido internacionalmente, ha agravado el conflicto. Una tregua facilitada por la ONU en abril de 2022 había logrado reducir la violencia, aunque nunca se concretó un acuerdo político definitivo. Sin embargo, el frágil periodo de calma se ha venido desmoronando en las últimas semanas.
El 20 de julio, los hutíes declararon un bloqueo naval contra la navegación saudí en el mar Rojo, en respuesta a un asedio que ellos mismos denuncian, aunque el gobierno saudí lo niega. Desde entonces, han intensificado sus ataques con misiles y drones, apuntando a buques mercantes en las aguas cercanas y desarrollando ofensivas terrestres en regiones clave como Marib y Hadramaut, lo que ha llevado a un número significativo de bajas entre las fuerzas gubernamentales.
En respuesta a estas acciones, Arabia Saudita ha lanzado ataques aéreos contra posiciones hutíes y ha anunciado la creación de una fuerza naval multinacional destinada a proteger el paso marítimo en el estrecho de Bab el-Mandeb, vital para el comercio de hidrocarburos a nivel global. Este aumento de hostilidades ocurre en un momento en que los Estados Unidos e Israel continúan su confrontación con Irán, principal aliado de los hutíes, lo que añade un riesgo significativo a un conflicto que se había considerado contenido.
El enviado especial de la ONU para Yemen, Hans Grundberg, advirtió recientemente que Yemen se enfrenta a un “riesgo mayor de reanudación de un conflicto a gran escala que en cualquier otro momento desde la tregua negociada en abril de 2022”. Su llamado a la moderación ha resonado en el Consejo de Seguridad, donde varios miembros han condenado los ataques hutíes contra infraestructuras civiles y embarcaciones comerciales.
El reciente ataque a la refinería de Jizán destaca que, a pesar de los intentos de disuasión a través del pacto de defensa y las advertencias de la ONU, los hutíes continúan aplicando presión sobre las instalaciones petroleras de Arabia Saudita. Con el bloqueo naval activo y sin señales de una tregua a la vista, la disyuntiva para Yemen se mantiene clara: optar por la diplomacia para contener la escalada o arriesgarse a una guerra a gran escala que podría arrastrar a la región a una nueva crisis.
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