En un contexto de creciente tensión, el régimen de Irán ha intensificado sus medidas de control interno, impulsado por la incertidumbre que rodea los intentos diplomáticos de poner fin a la guerra con Estados Unidos e Israel. Desde enero de 2026, el gobierno ha llevado a cabo una serie de arrestos, restricciones y castigos dirigidos a personas y empresas que presuntamente violan normas consideradas contrarias al islam. Este endurecimiento responde a una estrategia de los funcionarios que buscan consolidar el “frente interno y la unidad” frente a la presión externa, evidenciando una intolerancia creciente hacia cualquier forma de disidencia.
El presidente Masoud Pezeshkian ha catalogado los disturbios de enero como “amargos e inolvidables”, señalando a líderes estadounidenses e israelíes como responsables de fomentar las protestas. En este ambiente de represión, el aparato de seguridad ha implementado medidas que incluyen ejecuciones, arrestos y un estricto control sobre internet y los medios de comunicación. Las calles de Teherán y otras ciudades se han visto patrulladas por fuerzas de seguridad armadas y grupos afines al régimen, intensificando el clima de miedo.
Las autoridades equiparan las protestas de enero con un intento de golpe de Estado, acusando a la CIA y al Mossad de infiltrar manifestantes para incitar a la violencia. Según su versión oficial, más de 3,100 personas murieron durante las manifestaciones, cifra que choca con las estimaciones más elevadas de organizaciones de derechos humanos. Un caso notable ocurrió el 28 de julio en Isfahán, donde dos jóvenes fueron ejecutados públicamente bajo estricta vigilancia de seguridad, enfrentando cargos de “declarar la guerra a Dios” y “corrupción en la Tierra”.
Familiares y vecinos intentaron evitar la ejecución, pero fueron dispersados. Este episodio es parte de un patrón más amplio, ya que al menos dos jóvenes han sido condenados a muerte por circunstancias similares y otros ocho siguen bajo amenaza de ejecución. Volker Türk, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, informó que al menos 56 personas han sido ejecutadas por delitos relacionados con la seguridad nacional desde marzo, con más de 100 en riesgo. Las autoridades justifican estas ejecuciones como una medida preventiva contra futuros ataques a la seguridad nacional.
El régimen iraní sostiene que las ejecuciones son necesarias para disuadir la disidencia en un entorno que, según afirman, está marcado por intentos externos de derrocar al gobierno. No obstante, este enfoque represivo ha generado condenas internacionales, mientras la ONU y grupos de derechos humanos presionan por su finalización. La organización Iran Human Rights anunció que las ejecuciones en el país aumentaron un 68% en 2025, alcanzando niveles alarmantes que no se veían desde 1989.
Además, los tribunales revolucionarios han sido criticados por llevar a cabo audiencias a puerta cerrada, mientras las familias de los acusados enfrentan presiones para mantener silencio. Expertos de la ONU han advertido que, bajo las leyes actuales, participar en protestas críticas con el Estado conlleva el riesgo de represalias. Este clima de opresión está diseñado no solo para disuadir futuras manifestaciones, sino también para infundir miedo en la sociedad.
La represión ha afectado también a la vida cotidiana, con el cierre de múltiples negocios y la detención de activistas, estudiantes y profesionales. Ellen un entorno donde la libertad de expresión y reunión es prácticamente inexistente, el actor Reza Kianian se ha manifestado en redes sociales, destacando la urgencia de no permitir que el dolor compartido se desvanezca en el día a día.
El control estatal sobre internet ha sido severo: durante las protestas, la conectividad internacional fue suspendida por tres semanas y, tras el estallido del conflicto, se impusieron restricciones adicionales. A pesar de que algunas conexiones han sido restauradas, muchos servicios de mensajería y sitios web internacionales siguen inaccesibles.
El régimen iraní parece determinado a mantener su dominio, incluso a costa del sufrimiento de su población. Las tensiones entre la autoridad y la disidencia continúan escalando, creando un ciclo que, a medida que avanza el tiempo, vislumbra más desafíos y descontento en la sociedad iraní.
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