Durante las últimas décadas, el orden comercial internacional se ha fundamentado en la creencia de que la apertura, la integración global y la especialización en la producción favorecen la eficiencia y generan beneficios compartidos. Este consenso, que se consolidó con la liberalización de los años noventa y acuerdos significativos como la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), ha empezado a erosionarse. Hoy, se enfrenta a la resurgencia de políticas industriales, una creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, y las vulnerabilidades recientemente evidenciadas en las cadenas de suministro globales.
El giro en la narrativa comercial se consolidóDurante la administración de Donald Trump, quien argumentó que el sistema de comercio hiperglobalizado había beneficiado a países con políticas industriales agresivas, como Japón, Corea del Sur y actualmente China, a expensas del empleo manufacturero en Estados Unidos. Desde esta óptica, los persistentes déficits comerciales se interpretan no solo como datos macroeconómicos, sino como una transferencia sostenida de capacidades productivas hacia el exterior, facilitada por una apertura unilateral de Estados Unidos hacia socios que, a su vez, implementaron subsidios, barreras no arancelarias y estrategias industriales activas.
El enfoque contemporáneo, como lo señala el trabajo de Robert E. Lighthizer, figura clave en esta nueva narrativa, aboga por sustituir el ideal de “libre comercio” por un concepto de “comercio justo”. Este cambio implica que la eficiencia global ya no es el único objetivo; se busca también reducir déficits, proteger empleos manufactureros y reconstruir sectores estratégicos. En este nuevo marco, los aranceles se convierten en herramientas permanentes de política económica y geopolítica, con la finalidad de relocalizar inversiones, disminuir dependencias en sectores críticos y reorganizar el comercio en torno a bloques de aliados considerados “confiables”.
Este cambio de paradigma tiene implicaciones significativas para México. Por un lado, persiste en Estados Unidos una percepción errónea de que el tratado con México facilitó el desplazamiento de empleos a un país con menores costos laborales, minimizando las ganancias de competitividad de las empresas estadounidenses y la importancia del mercado mexicano, especialmente en el sector agrícola. Por otro lado, la integración manufacturera que se ha ido gestando durante décadas, junto con la proximidad geográfica y la necesidad de reducir dependencias de Asia, posicionan a México como un actor fundamental en cualquier estrategia seria de reorganización industrial en América del Norte.
Frente a este nuevo contexto, el desafío para México no consiste únicamente en preservar el modelo anterior basado en ventajas de costos. La prioridad estratégica debe ser aprovechar la reorganización de las cadenas de valor para ascender hacia actividades de mayor complejidad tecnológica, incrementar el contenido regional y nacional, y consolidar una integración que refuerce la competitividad de América del Norte frente a Asia. Esto exigirá una política industrial orientada hacia sectores críticos, como materiales, electrónica, farmacéutica, semiconductores y servicios avanzados, respaldada por inversiones en infraestructura, energía, capital humano y capacidades tecnológicas.
Solo mediante este enfoque, el emergente orden comercial, fundamentado en preocupaciones de seguridad económica y geopolítica, podrá traducirse en una transformación productiva real para México, lejos de ser un simple ajuste defensivo ante las dinámicas cambiantes en Washington.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.

![[post_title]](https://columnadigital.com/wp-content/uploads/2026/08/Por-Equidad-Michoacan-Necesita-a-Gaby-Molina-75x75.png)
