María Alejandra Sanz, una joven de 17 años, se enfrenta a la realidad devastadora que dejó a su paso los terremotos ocurridos el 24 de junio de 2026 en La Guaira, Venezuela. Mientras los rescatistas trabajaban arduamente para recuperar cuerpos entre los escombros de un edificio colapsado, Sanz apartó la mirada al enterarse de la muerte de Gonzalo Márquez, uno de sus mejores amigos y uno de los cuatro miembros de su grupo de baile que no logró sobrevivir.
Durante 17 horas, Sanz permaneció atrapada bajo los restos de su hogar. En un acto desesperado por sobrevivir, llegó a beber su propia orina, mientras la angustia la consumía al pensar que sus amigos, con quienes ensayaba para la graduación, estaban muertos. De un grupo de diez, solo cuatro sobrevivieron. “Estoy bien”, explicó Sanz con voz temblorosa en una entrevista, ya nueve días después del desastre, su mirada aún cargada de tristeza.
Los terremotos sacudieron al país, dejando más de 4,000 muertos y 16,000 heridos, truncando las esperanzas de quienes creían que un cambio podría estar a la vista con la posible caída del régimen de Nicolás Maduro. Sanz y sus amigos comenzaban a imaginar un futuro diferente mientras se preparaban para su graduación, pero esa noche, las esperanzas se desmoronaron junto al edificio que había sido su refugio.
En la noche de los sismos, el grupo había estado practicando intensamente la coreografía de “Dangerous”, de Michael Jackson, preparándose para un evento que ya se sentía inminente. Justo antes del caos, Márquez le pidió agua, un gesto que llevó a Sanz a su apartamento, donde el destino la atrapó. La estructura del edificio se derrumbó al instante, y mientras el marco de la puerta la protegía, la adolescente se percató de que no estaba enterrada tan profundamente. Con determinación, logró liberarse y salir entre escombros, encontrando a su padre afuera, junto a su madre, ansioso por saber quién más había sobrevivido.
Mientras tanto, la búsqueda por rescatar a Isa Campos, otra amiga, se tornaba angustiosa. A pesar de los esfuerzos, Campos no logró sobrevivir. Su padre, Jeffry, lamentó la lentitud de la respuesta de las autoridades y la falta de recursos adecuados en un momento crítico. La comunidad local vio llegar a Andrés Ganscka, un ingeniero colombiano, quien se unió a los rescatistas con herramientas y determinación, guiado por la empatía: “Esa podría ser mi hija”, reflexionó al ver el sufrimiento ajeno.
Los sueños de Sanz y Márquez estaban tejidos en un futuro en el que ambos deseaban seguir sus estudios en Caracas; ella en arquitectura y él en ingeniería. Hablaban de quedarse y contribuir a un país mejor, enfrentando en el camino la cruda realidad del colapso económico y la migración masiva de sus seres queridos. Ahora, la conversación se había transformado en recuerdos de risas y promesas perdidas.
El chat grupal, solía vibrar con energía y organización. Hoy, queda casi inactivo, reflejando un dolor que oscila entre la incredulidad y la tristeza en las vidas de los sobrevivientes. Mientras Sanz y sus amigos recordaban a aquellos que se fueron demasiado pronto, se aferran a la esperanza de que sus memorias, así como su juventud, permanezcan vivas para siempre. La tragedia que vivieron se convierte en un eco de la fragilidad de la vida frente a desastres imprevistos, marcando un antes y un después en la historia de La Guaira.
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