Aunque estaba pensada para una era prepandemia, la decimoséptima Bienal de Arquitectura de Venecia —que se inaugura este sábado y podrá verse hasta el 21 de noviembre— ya afrontaba la necesidad de fomentar la unión. Esta es la edición de la humildad, la de una cautela que nos hemos acostumbrado a leer como ‘buenismo utópico’. “Para los Mapuche, sentarse a negociar es un signo de debilidad. Y sin embargo ahora lo están haciendo”, explica el chileno Alejandro Aravena, autor —con su estudio Elemental— del pabellón que lleva la arquitectura de la “gente de la tierra” (mapu es tierra y che, gente) al Arsenale de Venecia. Los Mapuche son una colectividad —el 80% de los indígenas de Chile— formada por los Moluche, los Picunche o los Huilliche que construyeron la historia del país sin escribirla. Ahora, por primera vez, negocian con una de las grandes empresas forestales de la república chilena. También por primera vez, la realidad del conflicto ha construido un espacio —el más espectacular— en una Bienal demostrando que la arquitectura es tanto destrucción como construcción.
Comisariada por el libanés Hashim Sarkis (1964), que dirige la escuela de arquitectura del MIT, esta edición lleva por título una pregunta que es, en realidad, una respuesta: ¿Cómo viviremos juntos?, solo puede contestarse con el juntos que la covid nos ha obligado a recordar. ¿Qué puede aportar la arquitectura para conseguirlo? Frente a la tiranía de lo moderno, la urgencia de la convivencia. Frente a la teoría crítica, la llamada de la realidad. Y frente a dictaminar la vanguardia, atender a lo que redibuja el mundo.
También el recinto norteamericano muestra en American Framing las estructuras de madera que sustentan el 90% de las viviendas de Estados Unidos y que, sin embargo, rara vez se exponen en una muestra de arquitectura. La representación británica ironiza desde un título delbosquiano, El jardín de las delicias privatizadas, para atacar un tema enquistado en el urbanismo londinense: ¿Cuándo abrirán al público los jardines cerrados con llave que florecen entre sus calles?
Florin y Mónica Rezban llegaron a Burriana, en Castellón, en 2004. Abrieron una carnicería, criaron a sus hijos Melisa —que estudia historia— y Daniel —que aprende contabilidad— y pasaron a formar parte de la comunidad de 38.000 rumanos que vive en esa ciudad española. También en el campo alemán recogen pepinos 186.000 rumanos. No todos corren la misma suerte y George Petean es barítono en la ópera de Hamburgo. En Rumania, el 40% de las ciudades pierden habitantes. Petrila ha visto cómo el 32% de su población emigraba en los últimos años. De cómo quedan esas ciudades —con barrios vacíos— no se habla cuando las estadísticas aseguran que para 2050 el 60% de la de la población mundial vivirá en metrópolis. El pabellón rumano habla de ellos, los migrantes: quienes con sus movimientos desdibujan y dibujan ciudades.
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