En México, la experiencia de esperar en una fila revela una compleja intersección entre tiempo y acceso a servicios, especialmente en el ámbito de la salud. La fila, lejos de ser un simple inconveniente, puede convertirse en un método de racionamiento donde la espera se transforma en un costo oculto. En un sistema donde la salud no siempre se articula como un derecho garantizado, surge la pregunta: ¿esperamos en la fila o pagamos para ser atendidos más rápido?
El concepto de un “pase rápido” ilustra cómo en otras culturas se comercia explícitamente con el tiempo. En contextos más equitativos, el derecho a no esperar se paga; en nuestro contexto, la espera se convierte en un tributo físico y emocional. Este fenómeno se agudiza en el servicio de salud, donde el acceso a la atención, como en el caso de la cirugía de catarata, depende de variables inciertas: jornadas intermitentes, disponibilidad de insumos y, sobre todo, del poder adquisitivo de las familias.
La catarata, un padecimiento que afecta a una creciente proporción de la población mexicana, ilustra perfectamente las dinámicas de acceso. Con más de 1.7 millones de casos reportados en 2023, el tratamiento parece sencillo desde el punto de vista técnico; sin embargo, las barreras de tiempo y disponibilidad ofrecen una experiencia marcada por la frustración. Lo que debería ser un procedimiento ambulatorio se convierte en un desafío logístico, donde las familias deben decidir entre esperar en una lista interminable o pagar por servicios privados para evitar la espera.
Las cirugías de catarata son una oportunidad clave para reflexionar sobre la política de salud en México. Aunque el sistema público tiene la capacidad técnica para realizar estos procedimientos, su implementación resulta asimétrica. Mientras los tiempos de espera se alargan, se incrementa la presión sobre el sector privado, que se convierte en la alternativa inmediata para quienes pueden permitirse pagar.
Lo preocupante no es sólo la cantidad de cirugías realizadas, sino cómo su programación se convierte en una cuestión de azar. Si la capacidad quirúrgica no crece al ritmo de la demanda previsible que presenta el envejecimiento de la población, el rezago se convierte en una expectativa permanente.
Este fenómeno es más que una cuestión administrativa; es un símbolo de la desigualdad en el acceso a la atención médica. Aquellos presentes en la fila con más recursos, redes sociales o información se benefician de la atención primero, dejando a otros en un estado de espera interminable. Esto perpetúa un ciclo donde la salud se vuelve un privilegio y no un derecho fundamental.
Es fundamental que, en lugar de depender de “trenes sorpresa” con jornadas eventuales, se establezcan sistemas claros y previsibles de atención. La salud no debería ser una conveniencia que dependa del tiempo que uno esté dispuesto a esperar, sino un derecho que garantice atención oportuna y accesible para todos.
Con un enfoque más riguroso en la programación y la asignación de recursos, sería posible transformar la experiencia de atención quirúrgica, permitiendo que no sólo la vista se restituya como resultado de una operación, sino que la autonomía y la calidad de vida se preserven, de manera justa y equitativa, para todos los mexicanos.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


