En la temporada 2013-2014, Groenlandia fue testigo de la llegada de pesqueros rusos que buscaban caballas, atraídos por corrientes cálidas inusuales. Un ex capitán de pesquero en Nuuk, la capital groenlandesa, recordó cómo, debido a la demanda, se contrataron barcos rusos con capitanes daneses, ya que otros estaban ocupados en la pesca del bacalao y rodaballo. Esto contrasta con las recientes afirmaciones del expresidente estadounidense Donald Trump, quien alegó que la isla estaba “tapada por barcos rusos y chinos”.
El incremento de interés hacia Groenlandia no es casual; Trump ha promovido desde su posición un “colonialismo mineral”. Sin embargo, muchos de sus planes parecen chocarse con una dura realidad: la geología del territorio. Groenlandia es rica en recursos como petróleo, carbón, hierro y tierras raras, pero sus vastas reservas están profundamente escondidas bajo un manto de hielo que cubre el 80% de la isla. Este hielo alcanza hasta los 3,488 metros de grosor, creando un entorno extremadamente difícil y costoso para la explotación industrial. Con la tierra en muchas regiones hundida bajo el nivel del mar, la geografía de Groenlandia plantea serias dificultades para cualquier tipo de desarrollo.
En la corta historia de explotación mineral en la isla, apenas se han establecido una docena de minas a lo largo de los tres siglos de colonización danesa y noruega. Muchas de estas operaciones, a menudo subvencionadas y apoyadas por el Estado, enfrentaron desafíos de rentabilidad que llevaron a su cierre. En la actualidad, solo dos minas siguen funcionando en Groenlandia, y la mayoría han mostrado tener un funcionamiento problemático.
Además de las fibras minerales, Groenlandia carece de infraestructura esencial. No hay carreteras ni ferrocarriles; la logística depende del transporte por mar o aire. Los alimentos y materiales de construcción deben ser importados desde América o Europa. Esto incrementa considerablemente los costos operativos, haciendo que la extracción de petróleo, por ejemplo, cueste alrededor de 80 dólares por barril, frente a los 8 dólares en Arabia Saudí.
Esto no solo traería consigo problemas logísticos, sino que también plantea riesgos ambientales significativos. Un ejemplo claro es el fracaso de la plataforma Kulluk, que nunca llegó a su destino en Alaska a pesar de la inversión de 3,000 millones de euros por parte de Shell.
El Servicio Geológico de Estados Unidos estima que Groenlandia posee entre 17,500 y 31,400 millones de barriles de petróleo técnicamente recuperables, pero esta cifra presenta un margen de error significativo. Medir las reservas de minerales en Groenlandia es complicado; los expertos solo pueden operar durante dos o tres meses al año, dejando grandes áreas sin evaluar.
La percepción de que Groenlandia es una tierra rica es alentada por la minería informal, donde residentes extraen minerales por su propia cuenta. Sin embargo, esta actividad no es viables a nivel industrial. Las tierras raras, de particular interés para Trump, son en realidad más accesibles en Estados Unidos que en Groenlandia, y las operaciones requeridas para su extracción son igualmente problemáticas y de lento avance.
En definitiva, la búsqueda de oro mineral en Groenlandia enfrenta enormes obstáculos, y la posibilidad de convertir la isla en un nuevo Eldorado minero parece ser un sueño lejano. Esta situación, enmarcada por el desafío del cambio climático, exige un enfoque cuidadoso y considerado sobre cómo navegar el futuro de este territorio, donde las promesas de riqueza deben medirse con la dura realidad del contexto geológico y ambiental.
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