La reciente propuesta de reforma electoral presentada por la presidenta de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, ha generado un fuerte rechazo en la Cámara de Diputados, especialmente entre los miembros del Partido Acción Nacional (PAN). Este rechazo se fundamenta en la percepción de que la iniciativa carece de consenso y no aborda adecuadamente la intervención del crimen organizado en los procesos electorales.
El Coordinador del PAN en la Cámara, Elías Lixa Abimerhi, subrayó que no apoyarán la reforma, afirmando que “no tendrá un solo voto” de su bancada. Según Lixa, la propuesta es un reflejo de las contradicciones del régimen actual, ya que carece de transparencia y no establece sanciones para los partidos que pudieran coludirse con el crimen. Acompañado por los diputados Federico Döring y César Damián, solicitó a la Secretaría Anticorrupción información sobre las actividades de Pablo Gómez en la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral, lo que sugiere un deseo de mayor claridad sobre el proceso.
Por el contrario, el coordinador del grupo parlamentario de Morena, Ricardo Monreal Ávila, expresó su confianza en que la reforma contará con el respaldo de sus aliados, el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde (PVEM). Aunque reconoció tensiones temporales con estos partidos, subrayó que no afectarán la coalición en términos legislativos o electorales en el futuro.
La presidenta de la Cámara de Diputados, Kenia López Rabadán, también hizo eco de la necesidad de establecer reglas electorales sólidas, insistiendo en que deben ser construidas a partir del consenso entre las diversas fuerzas políticas y con un enfoque técnico riguroso. Esto resalta la demanda de un debate abierto y plural en torno a un tema tan crítico como lo es la reforma electoral.
En el Senado, los líderes del PAN y del PRI, Ricardo Anaya y Manuel Añorve, reafirmaron que sus respectivos partidos votarán en contra de la iniciativa. Anuevo, se señaló que esta reforma no busca establecer mecanismos para que los partidos que reciben financiamiento del crimen organizado enfrenten sanciones, lo que provoca una preocupación sobre el impacto potencial de estas políticas en la democracia mexicana.
Finalmente, en un giro inquietante, se cuestionó un posible “plan B” de la administración de Sheinbaum para implementar la reforma mediante modificaciones a leyes secundarias, lo que podría violar la Constitución. Añorve se pronunció enérgicamente en contra de esta estrategia, sugiriendo que representaría “el último clavo al ataúd de la democracia en México”.
A medida que la discusión sobre esta reforma avanza, queda claro que la oposición sigue atenta a cada movimiento del gobierno, lo que plantea serias interrogantes sobre el futuro del proceso electoral en el país y las garantías de una democracia funcional y transparente.
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