La gran interrogante que se abre ahora en Nicaragua es si el idilio entre los empresarios y el presidente Daniel Ortega ha llegado de forma definitiva a su final. Ortega ha puesto en la mira de su persecución a los empresarios, incluyendo los grandes capitales de Nicaragua, que hasta ahora han mantenido una relación incómoda pero ventajosa con el viejo guerrillero, devenido en autócrata. El acuerdo era implícito: les dejaba hacer negocios mientras no se metieran en política.
Y la política de Ortega ha sido desmantelar la frágil democracia nicaragüense, sin mayores reacciones del llamado “gran capital”. La detención este jueves del presidente de la principal asociación empresarial del país, Michael Healy, y de su vicepresidente, Álvaro Vargas, a dos semanas de que se celebren las elecciones presidenciales muestra que Ortega ya no está dispuesto a mantener ningún tipo de consenso y que se encamina a un despeñadero arrastrando con él lo que queda de una economía resentida por la mano dura del comandante, la mala gestión de la pandemia y la retirada de la inversión extranjera.
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A los empresarios encarcelados se les imputan los mismos cargos que al resto de detenidos en la escalada represiva desatada por Ortega: incitar a la injerencia extranjera, pedir intervenciones militares o usar financiamiento externo para ejecutar actos de terrorismo que desestabilicen al régimen. El más llamativo de los cargos, sin embargo, es el establecido en una de las leyes aprobadas a toda carrera por la Asamblea Nacional controlada por Ortega, que tilda de “traidores a la patria” a los detenidos.
La represalia en el caso del presidente del Banpro puede estar ligada a la negativa de esta entidad financiera de seguir haciendo negocios con el régimen, luego de que Estados Unidos impusiera una serie de sanciones al círculo cercano del mandatario. “No es que los bancos hayan tenido muestras de rebeldía, sino que sus acciones [contra el régimen] se deben a una tutela de sus intereses, los bancos cerraron sus instituciones financieras al poder para protegerse. Ortega intenta someter a los grupos económicos más poderosos con este acto de venganza”, analiza el economista Enrique Sáenz.
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Por otro lado, se aprobaban leyes que permitían hacer negocios y garantizar la estabilidad económica, con un régimen que además mantenía buenas relaciones con el FMI. Nicaragua registró hasta 2018 uno de los crecimientos más grandes y sostenidos del continente, convirtiéndose en destino atractivo para las inversiones. Un empresario extranjero me dijo una vez: “Mira, el hombre [Ortega] está un poco loco, pero la verdad es que Nicaragua en este momento es muy atractiva para hacer negocios”.
A los empresarios también les atraía la relación ventajosa que Ortega mantenía con Venezuela, un grifo constante de petrodólares administrados a discreción del mandatario y que le permitieron desarrollar una política clientelista para hacerse con el favor de los grupos más desfavorecidos. Se trata, según investigaciones de la prensa nicaragüense, de más de 4.000 millones de dólares derramados en una década. Además, el sector privado podía exportar carne y productos agrícolas a una Venezuela hambrienta, lo que también benefició a los grandes productores del país y a los cercanos a Ortega, que vendían con ventaja al país sudamericano.
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La primera ruptura entre los dos grupos poderosos llegó en 2018, mientras se discutía una salida a la grave crisis de la seguridad social nicaragüense, incapaz de ingresar más dinero a sus arcas y con la necesidad de hacer frente al pago de pensiones, con cada vez más nicaragüenses exigiendo sus retiros. Entonces Ortega dio un golpe en la mesa e impuso sin consenso una reforma que aumentaba la cuota que los empresarios debían pagar y reducía los ingresos de los jubilados.
La represión brutal a una pequeña manifestación que los retirados hicieron en Managua generó una indignación nacional que se tradujo en protestas en varias ciudades del país. En una muestra de fuerza, los empresarios convocaron y financiaron una de las mayores manifestaciones registradas durante 2018, con decenas de miles de nicaragüenses marchando contra el régimen. Ortega, temeroso de perder el poder, lanzó una agresiva respuesta que dejó más de 320 muertos y decenas de miles de exiliados. Fue entonces cuando los empresarios exigieron que el mandatario se abriera a una negociación “rápida, efectiva y creíble”.


