Los seres que llegaron a nuestro planeta no eran como nosotros; provenían de un mundo extremadamente distante: Krypton, un lugar que no pudo salvarse del colapso. Pocos lograron escapar, cruzando galaxias en busca de refugio. Estos individuos, machos fértiles, representaban una amenaza, ya que su biología se compenetró inesperadamente con la vida en la Tierra. Jor El, un líder sabio de Krypton, dio luz a Kal El, su último hijo, encapsulándolo para que pudiera sobrevivir a la inminente destrucción del planeta.
Kal El aterrizó en un mundo donde podría haber aprendido los vicios de su raza, pero en su travesía se mantuvo puro. Contrario a sus ancestros, que rechazaron la moralidad y perdieron el sentido de la ética, el niño cultivó valores de justicia y bondad. Sin embargo, no fue el único sobreviviente de Krypton; otros guerreros, en busca de poder, llegaron a la Tierra, aprovechando el caos de la explosión de su hogar, que resonó no como un poderoso estallido, sino como un lamento.
Estos kryptonianos, mentalmente perturbados, se fusionaron en secreto con la población humana. Adaptaron sus apariencias –originalmente verdes, ahora con rasgos humanos variados– y se multiplicaron. La invasión, solo masculina, dejó atrás a sus hembras en Krypton. Desde su llegada, comenzaron a inculcar en su estirpe la falta de ética que había llevado a su mundo a su ruina, guiando a los humanos en un camino de poder absoluto.
La historia de Superman es ampliamente conocida. Criado entre los blancos en un entorno tradicional, se transformó en un reportero de un diario local. A pesar de sus capacidades superiores, su vida se limitó a una existencia cotidiana marcada por valores humanos, haciendo el bien sin distinción hasta erigirse como un ícono publicitario, distante de su linaje kryptoniano. A lo largo del tiempo, aquellos extraterrestres, en su afán por controlar, se volvieron irrelevantes, mientras que Kal El mantenía su esencia moral.
Su progenie, sin embargo, no olvidó las enseñanzas de Krypton. Alejados de la empatía y la moralidad, continuaron un legado de desprecio por la vida ajena, conquistando y dominando a quien se cruzara en su camino. Con el paso del tiempo, elevaron un monstruo, un Gólem de ambición que llamaron Llave, el cual les permitió cruzar fronteras éticas y morales sin pudor, arrastrando a la Tierra hacia un abismo de decadencia. Esa ambición infinita les hizo creer que podrían escapar, pero la realidad fue que no había un nuevo hogar al que huir.
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