En un curioso giro del destino, el legendario escritor irlandés, John Banville, cuyas obras han dejado huella en el panorama literario contemporáneo, se enfrentó a una confusión que casi parecería sacada de las páginas de una novela. En el contexto del festival Cosmopoética celebrado en Córdoba, Banville se preparaba para una videollamada. Programado originalmente para encontrarse con un interlocutor en un hotel cerca de la estación, un desajuste en las fechas provocó un desliz impredecible: uno de los participantes llegaría un día antes y el otro, 24 horas después. Afortunadamente, la situación se resolvió con humor y el escritor se presentó con una copa de vino blanco, listo para conversar.
A sus 80 años, Banville, oriundo de Wexford, ha reivindicado su lugar en la literatura, no solo con obras que han ganado el prestigioso premio Booker y el Príncipe de Asturias, sino también con su seudónimo, Benjamin Black, aclamado en el género de la novela negra. En esta reciente reunión, el autor se centró en dos de sus trabajos más destacados: su novela más apreciada, “Los infinitos”, y su más reciente publicación, “Nocturno de Venecia”, que confirma su vitalidad creativa.
Durante la conversación, Banville reflexionó sobre el significado de “Los infinitos”, afirmando que es la obra más cercana a la realización de sus objetivos literarios. Aunque admita que ningún libro es perfecto, se siente satisfecho al haber alcanzado en este caso una notable conexión con sus aspiraciones. Al elegir a Hermes como narrador, reconoce la influencia de su propia imaginación: “Es irresponsable, embaucador, un artista”, dice, aludiendo a la naturaleza casi onírica del proceso creativo.
El autor también se mostró sorprendido al descubrir que los críticos suelen vislumbrar conexiones en sus obras que él mismo no había intencionado. Sin embargo, resalta la complejidad del lenguaje y cómo este puede articular pensamientos de formas inesperadas.
Banville mantiene una relación peculiar con su seudónimo, Benjamin Black, que ha gozado de gran popularidad, especialmente en el mundo hispanohablante. Aunque se considera que sus libros son “pecados reservados” que no provocan perdón en el ámbito literario, su amor por la escritura se manifiesta en cada página, sin importar el tiempo que toma su elaboración. “Los libros de Benjamin Black son un juego mundano”, afirma, contrastando con el cuidadoso proceso detrás de sus obras bajo su propio nombre.
Su conexión con España es profunda, producto de paralelismos históricos entre Irlanda y el país ibérico. Banville rememoró sus primeras visitas en los años 60, cuando el contexto político era sombrío en ambas naciones. A lo largo de los años, la relación se ha fortalecido, incluso estableciendo un vínculo con la monarquía española a raíz de la entrega del Premio Príncipe de Asturias.
Sin embargo, el autor también abordó los desafíos del presente. En un mundo donde la intolerancia está en aumento, reflexiona sobre la polarización política y la crisis de los valores democráticos. Banville advirtió que esta época recuerda a los años treinta, sugiriendo que los desencantados pueden trasladar su frustración a movimientos peligrosos. Propuso que Europa debería adoptar una posición más resistente y autónoma en el ámbito global, haciendo hincapié en la necesidad de unificación ante las amenazas externas.
Su decisión de cancelar su asistencia a un festival en Granada tras la exclusión de la escritora Ariana Harwicz refleja las tensiones culturales que se experimentan actualmente. Aunque se muestra reticente a profundizar en este tema, su postura denota una preocupación por la libertad de expresión y el arte.
Finalmente, en una anécdota que juguetea con la ironía, Banville relató su experiencia con el Premio Nobel, donde una confusión lo llevó a creer que lo había ganado por un breve tiempo. A pesar de no haberlo obtenido, se siente satisfecho con el reconocimiento recibido y continúa trabajando en sus proyectos literarios.
Con su ingenio y reflexión aguda, John Banville sigue configurando su legado en la literatura, un viaje que, a sus 80 años, aún promete nuevas narrativas.
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