Nacido en Monterrey el 17 de mayo de 1889, Alfonso Reyes se erige como una figura crucial en la literatura mexicana y un referente de gran relevancia en la cultura hispanoamericana. Su padre, el General Bernardo Reyes, fue un destacado militar y político durante los gobiernos de Porfirio Díaz. Esta familia de ascendencia jalisciense propició un ambiente propicio para el desarrollo intelectual del joven Alfonso, quien desde su infancia demostró una inclinación marcada hacia las letras, ganándose epítetos como “el regiomontano universal” y “el Maestro de México”.
Los primeros pasos académicos de Reyes lo llevaron a instituciones como el Liceo Francés de México y la Escuela Nacional Preparatoria, culminando con su graduación en Derecho en julio de 1913. Sin embargo, a pesar de su linaje militar, Alfonso sintió una profunda conexión con la literatura, influenciado en parte por su padre, quien leía poesía y fomentaba un amor por el arte. Esta pasión se volvió aún más significativa tras la Revolución de 1910, un periodo turbulento que trajo consigo la trágica muerte de su padre, quien sucumbió durante la Decena Trágica en 1913. Este evento doloroso, que abrumó a la familia, impulsó a Reyes a escribir “Oración del 9 de febrero”, una obra que refleja su dolor y, al mismo tiempo, lo llevó al exilio.
El exilio no detuvo la producción literaria de Reyes. En su nueva vida en Madrid, continuó creando poesía, ensayos y artículos, constatando que el sufrimiento a menudo puede ser un potente motor de creatividad. En 1915, publicó “Visión de Anáhuac”, un ensayo multifacético que ofrece una mirada nostálgica y perspicaz del Valle de México, fusionando crónica, poesía y narrativa histórica. Este trabajo ha sido descrito como un “registro de asombros”, una muestra del talento único de Reyes para entrelazar su amor por la cultura y la naturaleza.
Además de su capacidad literaria, Reyes poseía un humor agudo que le permitía mezclar la sátira con el encanto personal, convirtiéndose en un referente en las tertulias literarias. Sabía disfrutar de la vida, desde la comida y el vino hasta las conversaciones profundas con amigos, resaltando la importancia de vivir el presente. Una de sus frases más memorables es “Acuérdate de vivir”, una exhortación a valorar la vida en su totalidad.
Al final de su trayectoria, Alfonso Reyes dejó una profunda huella en la literatura y la sociedad que lo rodeó. Su diario finalizaba con la frase “Me mataron”, una declaración que no sólo podría aludir a la muerte física, sino también a los múltiples significados que las palabras pueden encerrar. Con su ingenio y talento, Reyes continúa vivo en la memoria colectiva, demostrando que la literatura no solo es un refugio, sino un acto de resistencia y celebración de la existencia humana.
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