Los algoritmos nos dan alegrías en ocasiones, como cuando han puesto nombre a la fiesta de los toros (que no es sino la fiesta de los toreros y taurinos, si es que por fiesta entendemos un acto de diversión y disfrute, como nos indica la RAE). Twitter ha cerrado la cuenta de un fan del diestro Morante de la Puebla por “fomentar el placer sádico” al exhibir imágenes de una corrida tan sangrientas que violaban los términos de uso de la red, esa ristra de condiciones que aceptamos siempre sin leer y que van constituyéndose en leyes del nuevo mundo.

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Twitter le ha puesto nombre a los toros, decíamos, pero no será Twitter quien acabe con ellos. La supuesta fiesta estaba en declive con caídas del 60% de las corridas en la última década ya antes de la pandemia. En una encuesta realizada por el Gobierno (2014-2015), el 90,5% de los españoles reconoce no asistir a festejos taurinos. Un 40% aduce falta de interés y un 20% asegura que, directamente, no lo entiende. El 56,4% de los españoles está en contra de los toros y solo el 24,7% a favor, según otra encuesta de 2019 para El Español que mostraba claramente la división entre el votante de izquierdas y de derechas, sobre todo de Vox.
El público ha ido abandonando la fiesta no tanto por razones económicas, como alega el sector, como por el desenganche emocional de un modelo que avergüenza a las nuevas generaciones, según recogen otras encuestas. Que la tauromaquia forma parte de la cultura española es indudable. Que incluye la diversión a partir del sufrimiento y muerte de un animal, también.


