Una heterogénea coalición de ocho partidos
Culminó ayer su proyecto de evitar que Benjamín Netanyahu —procesado por soborno, fraude y abuso de poder. Continuara en el cargo de primer ministro de Israel y en una tumultuosa sesión del Parlamento confirmó a Naftali Bennett en el cargo.
Se trata de un nacionalista de derechas que encabeza una alianza donde hay formaciones pacifistas, laboristas o islamistas, entre otras, y que cederá el puesto al centrista Yair Lapid dentro de 24 meses. Será, sin duda, un Gobierno donde no faltarán las tensiones y amenazas de ruptura.
El Gabinete de Bennett se enfrenta a importantes retos tanto en el interior como en el exterior de sus fronteras y donde muchos de sus componentes pueden arrojar sorpresas.
La economía es uno de los principales desafíos y al frente de este ministerio se sitúa un conocido halcón, Avigdor Lieberman pero que ha hecho valer su carácter marcadamente laico en las arduas negociaciones para formar un Ejecutivo. Israel necesita urgentemente unos presupuestos generales cuya no aprobación ha precipitado varias elecciones de las cuatro celebradas en apenas dos años. Además, debe lidiar con las consecuencias económicas de la covid-19, especialmente en términos de empleo y atender a una creciente demanda de reducir el intervencionismo estatal en numerosos sectores privados.
Pero es en el aspecto de la paz social donde Bennett deberá esforzarse. Los choques entre ciudadanos judíos y árabes hacen que sea prioritario un cambio en las relaciones entre el Estado y sus ciudadanos árabes. La presencia islamista en la coalición es un buen comienzo, pero la población árabe ya ha dado muestras de estar cansada de buenas palabras.
Nadie espera grandes avances respecto a Irán ni al conflicto con Palestina. Y esto afecta a la política exterior. Netanyahu ha logrado alejar a Israel de Europa y, con la caída de Trump, ahora de EE UU. Israel tiene que dar los pasos necesarios para acercarse a sus socios naturales y Bennett no debería desaprovechar la oportunidad.


