El pasado 25 de junio, la Dirección Nacional de Inteligencia de EE UU hizo público un informe atípico ansiosamente esperado: el estudio preliminar sobre Fenómenos Aéreos no Identificados (UAP por sus siglas en inglés), denominación que ahora se prefiere a la, por lo visto, ya anticuada de ovni. El estudio, en teoría, iba a revelar la explicación de 143 casos de objetos volantes extraños, presenciados exclusivamente por pilotos de la Marina o detectados por los radares de los cazas estadounidenses.
Uno de ellos fue el descrito por el comandante David Fravor que, una tarde de noviembre de 2004 volaba por el océano Pacífico a más de 100 kilómetros de la costa Oeste de EE UU. Fravor divisó, según contó él mismo a The New York Times, lo que parecía una nave rara de 12 metros de largo, de forma ovoide y de color blanquecino que flotaba sobre el mar a una altura de unos 15 metros. El piloto comenzó a aproximarse a ella. Y el objeto pareció apercibirse y maniobró para elevarse, como si quisiera encontrarse con el caza estadounidense. Pero, a mitad de camino, “aceleró como nada que yo haya visto antes y se esfumó de una manera muy rara”, según explicó el piloto.
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El estudio, de nueve páginas, incluye 18 casos especiales como el que describe Fravor, en el que los objetos voladores analizados ejecutan maniobras sin propulsión aparente o son capaces de acelerar con una destreza técnica desconocida para los ingenieros estadounidenses. De cualquier forma, el Pentágono solo apunta la causa concreta de uno solo de los 144 expedientes: un globo aerostático. Para el resto, según apunta, faltan datos, testimonios fiables y conclusiones.


