Si Pedro Castillo llegara finalmente a ser presidente de la República lo haría aupado por Perú Libre, que se convertiría en el primer movimiento regional nacido en la sierra central que lograría colocar a un presidente de la República.
En un país diabólicamente centralista, este es un remezón de escalas incalculables. Aquí, las élites limeñas se encuentran acostumbradas a que los ministros puedan atenderles las llamadas con relativa facilidad y simpatía. Castillo suscita muchos miedos entre nuestros más distinguidos señorones, más que por su impronta radical, fundamentalmente porque ellos no tienen vasos comunicantes con el profesor cajamarquino.
El miedo a Castillo es miedo a negociar con lo desconocido, que, en una sociedad como la peruana, es más fuerte que el miedo a negociar con lo radical.
Apenas pudo recuperarse, volvió a las andadas. Jamás renunció a su estrategia de conquista territorial, aunque eso supusiera desafiar las normativas sanitarias impuestas en Perú a raíz de la pandemia.
Castillo ha hecho la campaña más tradicional entre todos los candidatos presidenciales. Llegaba al distrito o a la ciudad que decidía visitar y se contactaba con los dirigentes sociales.
Cuando la policía aparecía acaba la actividad proselitista, y este ritual sagrado se repetía en casi todas las plazas que ha visitado. Ha sido uno de los pocos candidatos que en primera vuelta visitó todas las regiones del Perú. A diferencia de Keiko Fujimori quien, en primera vuelta, eludió el sur peruano.


