El gobierno mexicano ha trazado un ambicioso plan para el futuro de la producción de hidrocarburos en el país, esperando que al menos el 20% de esta provenga de campos de Petróleos Mexicanos (Pemex) en colaboración con empresas privadas. Esto equivaldría a aproximadamente 400,000 barriles diarios en la próxima década, una cifra que subraya la importancia de seleccionar las geologías correctas y los socios estratégicos.
Recientemente, Pemex lanzó el desarrollo del campo Trión, situado a 2.5 kilómetros de profundidad en el Golfo de México. La expectativa es que, junto con la firma de siete contratos mixtos con empresas privadas, la producción de estos campos podría alcanzar entre 180,000 y 542,000 barriles diarios entre 2028 y 2038. Esta proyección es esencial para mantener la producción nacional en un promedio de 1.8 millones de barriles por día.
Para lograr estas ambiciosas cifras, Pemex renovará su alianza con Woodside Energy, empresa australiana que opera en el campo Trión. Además, otras compañías como Consorcio 5M del Golfo, Geolis y Petrolera Miahuapán han asegurado contratos de entre 10 y 20 años para trabajar en campos terrestres, aportando al desarrollo conjunto de los recursos nacionales.
En un contexto más amplio, es relevante mencionar que Pemex ha diversificado significativamente su extracción a lo largo de la última década. La Región Marina Noreste, que alguna vez representó el 50% de la producción nacional, ha visto una reducción al 39%, mientras que las regiones terrestres del Norte y Sur han aumentado su contribución del 22% al 36% entre 2015 y 2025.
Los analistas del sector energético, como Ramsés Pech, resaltan la importancia de priorizar campos que puedan incrementar la producción a corto plazo. La expansión de los contratos mixtos se considera crucial, especialmente para aquellas empresas locales que deben lidiar con limitaciones en equipos y tecnología. Se sugiere también la implementación de contratos para el desarrollo en formaciones de baja permeabilidad, lo que podría facilitar la producción de crudo ligero y beneficiar el sistema nacional de refinación.
Sin embargo, este enfoque no está exento de desafíos. La seguridad de los operadores en estas nuevas geologías es vital y, aunque actualmente hay cierto rezago, permitir que la inversión privada asuma este riesgo podría resultar en un aumento significativo en la producción en el corto plazo, siguiendo el ejemplo de países vecinos que han logrado un avance notable en este ámbito.
La interacción entre el gobierno y el sector privado parece ser, por tanto, un camino prometedor para revitalizar la industria petrolera mexicana. Con la correcta implementación de contratos y asociaciones estratégicas, Pemex podría darle un nuevo impulso a su producción, garantizando así la sostenibilidad y crecimiento de los recursos hidrocarburíferos del país.
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