La música clásica enfrenta un desafío cada vez más apremiante: aunque sigue resonando en diversas etapas, su presencia se ha vuelto casi clandestina en la vida cotidiana. Este fenómeno no solo pone de manifiesto la escasez de un lenguaje adecuado para discutir la música clásica, sino que también perpetúa su marginalización en la cultura estadounidense.
A pesar de su rica herencia y el respaldo de instituciones prestigiosas, la música clásica en Estados Unidos depende de la caridad de donantes adinerados y recursos gubernamentales en declive. La realidad es que está perdiendo su atractivo entre las masas, lo que plantea la urgente necesidad de aumentar la conciencia y la participación en este arte.
Tomemos como ejemplo el emblemático War Memorial Opera House de San Francisco. A pesar de su majestuosidad, la mayoría de los transeúntes probablemente no son conscientes de que la música clásica es una forma de arte viva, disfrutada por audiencias en todo el mundo. Es crucial que se reconozca que las óperas contemporáneas se producen regularmente y que las personas no solo pueden, sino que podrían disfrutar mucho de asistir a una función.
Un aspecto fundamental que contribuye a la falta de visibilidad de la música clásica es la exclusión, tanto sistemática como autoinfligida. Dos factores principales merecen atención: el financiamiento y el público objetivo. Las organizaciones que apoyan la música clásica, a menudo, se ven obligadas a programar obras conocidas, aquellas que son más atractivas para los donantes. Asimismo, las solicitudes de subsidios están influenciadas por líneas raciales, de género y socioeconómicas, lo que afecta quién tiene acceso a los recursos culturales.
Adicionalmente, la mayoría de las instituciones asumen que sus audiencias serán gente mayor, predominantemente blanca y adinerada. Los esfuerzos por atraer a una audiencia más diversa tienden a considerarse excepcionales, en lugar de ser parte de la normalidad.
A modo de ilustración, el original espectáculo “Tchaikovsky X Drake” —un remix de la famosa sinfonía con la música contemporánea de Drake— atrajo a una multitud diversa, aunque no se tradujo en un mayor interés por el repertorio clásico posterior. La imagen de un creador que se atreve a mezclar estilos puede resultar atractiva, pero esa misma curiosidad no siempre es extendida a los artistas menos representados.
Asimismo, la exposición a la música clásica ha disminuido. La mayoría de las personas se familiarizan con la música sinfónica a través de bandas sonoras de películas y videojuegos, en lugar de componer un marco comprensible de obras clásicas. A pesar de los esfuerzos por adaptar la programación a estos nuevos intereses, los compositores contemporáneos rara vez reciben la atención que merecen.
El estigma de clase desempeña un rol importante en la percepción de la música clásica. Muchos no pueden imaginarse en un espacio que consideran inaccesible, lo que crea una barrera psicológica que limitan la participación. Esta exclusión no solo es evidente en la audiencia, sino también entre quienes actúan en los escenarios y quienes producen el arte, donde predominan las voces blancas y mayores.
Para que la música clásica rompa su ciclo de obscuridad, es esencial desmantelar las barreras de acceso que mantienen a muchos fuera del “club” de la cultura musical. Si bien se han propuesto ideas para mejorar la inclusión, ahora más que nunca es necesario que los gestores culturales, educadores y músicos piensen en caminos creativos para atraer a una diversidad de audiencias, asegurando que la música clásica no se convierta en un refugio exclusivo para una elite en constante disminución.
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