El mundo del arte mexicano se encuentra en luto tras el fallecimiento de Guillermo Monroy Becerril, quien murió el 11 de febrero de 2026 a los 102 años. Con su partida, se extingue la última voz viva de “Los Fridos”, un grupo de estudiantes que tuvo el privilegio de aprender de Frida Kahlo en Coyoacán, un enclave emblemático de la cultura artística en México.
La trayectoria de Monroy se inscribe en un capítulo crucial del México posrevolucionario, una época caracterizada por un fervor muralista, el compromiso social y la búsqueda de una identidad cultural a través del arte. Este artista se formó en la reconocida Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”, un crisol de artistas que fomentó una conciencia social profunda. Influenciado por grandes maestros como Diego Rivera, Raúl Anguiano y Agustín Lazo, Monroy halló en Frida Kahlo su conexión más significativa, participando en sus clases en la década de 1940.
“Los Fridos” surgió como un selecto grupo de cuatro alumnos que trabajaron de cerca con Kahlo. A diferencia de una enseñanza convencional, las sesiones eran un espacio íntimo para la reflexión, el diálogo y la creación. Monroy valoró siempre la generosidad de Frida y Diego, quienes promovieron la libertad creativa entre sus estudiantes, instándolos a abrazar el arte con un sentido de propósito colectivo.
A lo largo de más de ocho décadas, Monroy cultivó una obra centrada en temáticas sociales y una constante experimentación plástica. Su labor no solo abarcó la pintura, sino que también se integró en el muralismo, colaborando con figuras como José Clemente Orozco. Participó en un movimiento que consolidó el arte público como una poderosa herramienta de transformación social.
Entre sus contribuciones más notables se encuentran los murales en el antiguo edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes en la Ciudad de México, que fueron lamentablemente destruidos durante los sismos de 2017. No obstante, su legado perdura en la memoria colectiva de México, cuya riqueza cultural siempre fue objeto de su crítica constructiva.
En sus últimos años, Monroy se mantuvo lucido y reflexivo sobre la evolución de la pintura contemporánea, defendiendo una coherencia artística inflexible. Su fallecimiento no solo marca la pérdida de un artista vital, sino también el cierre de una era que entendió el arte como una convicción y un compromiso social. Con su partida, el “último rebelde de Coyoacán” deja atrás un legado inigualable, un testimonio palpable de la pasión por el arte en un contexto de lucha y esperanza.
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