Una amiga cubana que tuve en mis años de estudiante me contó en una ocasión que a los jóvenes de su país, sin distinción de género, durante una etapa de sus vidas les mandaban a hacer una dura instrucción militar que consistía dejarles en el monte solos ante el peligro. Seguramente especificó todos los detalles logísticos que caracterizaban tal calvario castrense. No recuerdo cuanto tiempo me dijo que duraba aquello.
Lo que sí se quedó grabado en mi memoria es que pasaba muchísima hambre, pues en el “monte” cubano no hay grandes fieras depredadoras que puedan devorarlo a uno.
Más información
Aunque en realidad yo hoy no he venido aquí a hablar de la mili revolucionaria ni de las mañanas de domingo en Cascorro, sino de las madrugadas del viernes y el sábado en la Gran Vía de nuestra ciudad, momento concretísimo en el que antes de que cambiasen los usos y costumbres del mundo algunos aprovechaban para comerse absolutamente cualquier cosa que les pusiesen delante y cualquier cosa incluía.
Cuando el corneta tocaba retirada, estos finos restauradores sacaban sus manjares de los escondites más insospechados y hacían felices a los que venían de beber, bailar y morrearse. Ofreciéndoles una manduca entre la cena y el desayuno que tiene un nombre propio: resopón.
Nótese que digo antes de que cambiasen los usos y costumbres y no antes de que comenzase la pandemia porque esta tradición de la que les hablo, la de entrar en la cocina de casa dando más tumbos que un muñeco de Subbuteo y poner en el fuego una lata de fabada Litoral, estaba ya en vías de desaparición antes de que nos invadiese el bicho.
Más información
Sin embargo, a los que les precedieron, que vivieron en Madrid el boom de la alta cocina de autor protagonizada por grandes chefs como Sergi Arola, les encantaba poner a prueba sus estómagos y su talento culinario. He hecho una cuestación popular entre algunos miembros de aquellas generaciones disolutas y me he encontrado con gente que dice que en su recetario noctívago se incluían cosas como pasta carbonara fría, sándwich fantasma, sartén de patatas fritas calentitas, bocata de chorizo con un vaso de leche fría, porción de pizza del 7 Eleven de San Bernardo, barras de pan recién traídas de alguna tahona de barrio recién abierta, orfidales, guiso de calamares, cazón en adobo con su harina de garbanzo y todo y salchichas frankfurt crudas.
Madrid recuperará este verano la posibilidad de trasnochar después de un largo año de ayuno y abstinencia. Hágame caso. Tenga la edad que tenga, vaya al supermercado ya a comprar todo lo necesario para cocinarse el resopón del siglo.


