Pedro Sánchez es cualquier cosa menos un político timorato. El presidente, que ve como su Ejecutivo sufre un desgaste indiscutible tras la pandemia que quedó en evidencia en las elecciones de Madrid y detectan claramente las encuestas, ha decidido dar la batalla con las armas que tenía a su alcance: una revolución total del Gobierno que deja fuera no solo a dos pesos pesados de su núcleo duro, como Carmen Calvo y José Luis Ábalos. La gran sorpresa de la remodelación es la salida de Iván Redondo, mucho más que un jefe de Gabinete, un auténtico gurú responsable de la estrategia política del Ejecutivo. Sánchez ni siquiera lo citó en la despedida a los que salen del Gobierno, algo que apunta a una tensión entre ambos.
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Diversas fuentes coinciden en que ha habido un desencuentro entre el presidente y el polémico estratega, que cada día ocupaba más poder y a la vez era muy criticado en el entorno de Sánchez, aunque Redondo asegura en una nota que fue él quien quiso salir. Otras fuentes indican que quería dar el salto desde las sombras de La Moncloa a un ministerio con mayor exposición pública, pero tratando de controlar el corazón del Gobierno, probablemente el ministerio de Presidencia, que finalmente ocupará Félix Bolaños, con quien había chocado en varias ocasiones.
El líder del PSOE se refugia en su partido, con un pata negra como Óscar López como nuevo jefe de Gabinete y el fichaje de tres alcaldesas socialistas para el Ejecutivo, rejuvenece el Gobierno, sube el porcentaje de mujeres y refuerza a Nadia Calviño, que será vicepresidenta primera. La intención del revolcón es evidente: Sánchez quiere darle la vuelta a las encuestas, evitar que se consolide la oposición y aprovechar la recuperación económica para reconectar con el electorado progresista y preparar con garantías las elecciones de 2023.



