El 17 de agosto de 2026, una nueva tensión emergió entre Rusia y Japón cuando el Ministerio de Exteriores ruso convocó al embajador japonés en Moscú, Akira Muto, en respuesta a las críticas del gobierno japonés sobre la reciente visita del presidente Vladimir Putin a las islas Kuriles. Serguéi Lavrov, jefe de la diplomacia rusa, acusó a Tokio de “haber cruzado todas las líneas de la decencia” por sus declaraciones sobre el viaje presidencial.
La primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, calificó la visita de Putin de “absolutamente inaceptable”. Esto se produjo después de que el ministro de Asuntos Exteriores japonés, Toshimitsu Motegi, presentara una protesta formal al embajador ruso en Tokio, Nikolai Nozdriev. La disputa por el archipiélago, conocido en Japón como Territorios del Norte, ha sido un punto de fricción entre ambas naciones durante décadas.
Putin realizó su primera visita personal al archipiélago el 13 de agosto, al aterrizar en la isla de Iturup, también conocida como Etorofu. Durante su estancia, se reunió con los aproximadamente 7,000 residentes de la isla y rindió homenaje a los caídos en la ofensiva soviética de septiembre de 1945, un recordatorio de la última gran batalla del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Este movimiento también se inscribe dentro de una gira más amplia por Siberia y el Lejano Oriente.
Las discusiones entre las autoridades rusas y el embajador japonés no transcurrieron sin fricciones. Lavrov observó que la embajada japonesa no ofreció una respuesta clara sobre la disponibilidad de Muto, aludiendo a motivos de agenda y salud. Tras las declaraciones de Lavrov, la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, indicó que el embajador japonés “se sintió mejor de repente” y se presentaría finalmente el martes.
La discordia territorial que rodea a las islas Kuriles se remonta a 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Ejército Rojo soviético ocupó el archipiélago. Desde entonces, Rusia y Japón no han podido firmar un tratado de paz que ponga fin formalmente a esta disputa, la cual ha condicionado toda negociación bilateral durante más de ochenta años.
Las relaciones entre ambos países se han deteriorado considerablemente desde la invasión rusa a Ucrania en 2022. Japón, alineado con el G7, impuso sanciones económicas a Rusia y reforzó su cooperación militar con Estados Unidos en el Pacífico. En este contexto, Putin calificó las sanciones internacionales de “injustificadas”, un indicativo del tono hostil que caracteriza el actual enfrentamiento diplomático.
El intercambio de convocatorias de embajadores entre Moscú y Tokio es un claro reflejo del debilitado vínculo bilateral. Japón mantiene su reclamación sobre las islas como condición para cualquier acercamiento futuro, mientras que Rusia ha reafirmado sin margen a la negociación su soberanía sobre el archipiélago.
La reciente visita de Putin a Iturup puede interpretarse como un intento del Kremlin de proyectar firmeza frente a Occidente en medio de un creciente aislamiento internacional debido a la guerra en Ucrania. Como resultado, la posibilidad de un tratado de paz, pendiente desde 1945, se aleja aún más, mientras Rusia refuerza su presencia militar en la región del Lejano Oriente junto con China.
Esta escalada en las relaciones rusas-japonesas no solo resalta una disputa territorial antigua, sino que también evidencia cómo los conflictos contemporáneos pueden inflamar tensiones históricas en un contexto global volátil.
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