Vengo de pasar dos jornadas infiltrada en el rodaje en Mallorca de la quinta temporada de The Crown, la megaproducción de Netflix sobre la familia real británica. Es la última parada de su etapa española tras pasar por Jerez (que ha sido Egipto), las playas de Bolonia (unas ruinas romanas), los palacetes de Sevilla (donde se ha recreado 1946 con pompa y boato) y los muelles de Marbella (en los que ha estado atracado el barco de Dodi Al Fayed).
En realidad, la experiencia arranca un día antes, el miércoles. Además de la correspondiente PCR (que se hizo también el martes, día anterior al vuelo, y que se repetiría el jueves; la seguridad prima en todo el proceso y para todos los participantes), hay que acudir a lo que llaman crowd base, una serie de carpas blancas inmensas unidas entre sí en un polígono a la salida de Palma, donde hay miles de prendas dispuestas para todos los extras (para los protagonistas estarán en la main base). A partir de ahí, confidencialidad absoluta. Ni una sola foto.
Yates y drones
Allí, en la distancia, está atracado el Christina O., el auténtico barco de Aristóteles Onassis, ese que las malas lenguas del rodaje dejan caer que se alquila por 400.000 euros a la semana. Allí es donde Elizabeth Debicki y Dominic West ruedan parte de la quinta temporada; de hecho, como el día anterior hubo marejada y todo se complicó, hay que grabar más escenas de las previstas y la jornada se retrasa. Los parones son frecuentes; los cafés, muchos. Hay que tener paciencia. No será hasta mediodía cuando el centenar de figurantes nos coloquemos a la orilla de la playa para ser grabados desde el mar (por la tarde llegará un plano desde tierra y varios con un dron). Ocupamos una terraza de hormigón que da a una especie de sobreplaya que pertenece a un hotel, y donde antes había un puñado de sombrillas; una docena de trabajadores carga sacos de arena para tapar los huecos que dejan las sombrillas. Aquí si algo sobra, se quita; si algo molesta, se arregla; da igual a cuánta gente implique o cuánto esfuerzo o dinero cueste.
Cuando el centenar largo de noventeros nos colocamos en la playa, tras el correspondiente retoque (llevamos más de seis horas maquillados), la expectación es máxima. Cada uno de nosotros tiene un sitio concreto: llevamos cámaras y micrófonos, y al lado a compañeros que ya no se moverán del lugar. Los equipos de producción y dirección están pendientes de cada detalle: de dónde situarnos, de si ese botón siempre ha estado cerrado, de que la peluca del figurante esté en su sitio sin que se aprecie el pegamento, de quitar a esa gente sentada en la terraza… De hecho, han cerrado una parte de una playa cercana y colocado sombrillas y tumbonas (estilo años noventa, claro) por si, en la lejanía, algo llegara a verse.
Y por fin llega el rodaje y, con ello, lo más divertido. Y eso que solo se trata de llamar la atención de los príncipes y de sus hijos, que se acercan desde el Christina O. en lancha. Esto es Italia, así que todos gritamos “Bella principessa, per favore, guarda qui” (Hermosa princesa, por favor, mire aquí). Pero nos desgañitamos como si la Diana de carne y hueso estuviera ahí. Y lo cierto es que, en parte, lo está. Debicki pone los pelos de punta al ser clavada, igualita, a la difunta princesa de Gales. Sus gestos, cómo se toca el pelo, la forma de besar a los niños (también muy parecidos a los pequeños Guillermo y Enrique) ponen los pelos de punta a la figuración y hasta al equipo técnico, confiesan.
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