Llevo en Cannes una semana inolvidable porque esta desprende el tufo de las pesadillas. La organización es un arrogante desastre. Los asistentes que solo están vacunados con una dosis deben de ir a escupir interminablemente en un centro cada 36 horas. Y los que tenemos la vacunación completa, pero no disponemos de esos móviles en los que al parecer está contenido el universo, enseñamos el certificado en papel (material definitivamente maldito, que ya solo sirve para que el resto de la humanidad te mire como si fueras el hombre de Cromagnon) de que ya estás a salvo de la peste.
A pesar del mosqueo de los todopoderosos porteros, me dejan pasar a la sala. Pero el cuarto día deciden que eso ya no me sirve, que tengo que mostrarles el certificado europeo de vacunación. Porque les sale de los genitales. Mi teléfono también decide bruscamente que ya no me da servicio y el teléfono en la habitación de mi lujoso hotel se pone de huelga. Me lo cambian un par de veces, pero continúa sin permitirme comunicarme con nadie. La situación es desesperante, porque es a través de ese aparato como transmito las crónicas a las sufridas y admirables secretarias.
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Sé darle a los deditos en un ordenador, pero estos han desaparecido de la sala de prensa. Mi ángel de la guarda logra enviarme desde España y que me lo impriman en papel el certificado europeo de vacunación. Los porteros siguen mirándolo con gesto raro aunque vuelven a dejarme entrar. Los dos días en los que no puedo ver películas ni hablar por teléfono con nadie (al final almas generosas me consiguen uno que es desechable, como los que utiliza la mafia en Los Soprano y los traficantes de droga en The Wire), me dedico a algo tan divertido como mirar el techo de la pared y a ratos a sentarme en una sillita pública para ver el mar desde La Croissette. Y milagrosamente me doy cuenta de que esta actividad no es tan mala. A cambio, me estoy librando de la penosa obligación de ver las incomprensibles e insoportables películas que está exhibiendo la Sección Oficial del Festival.


