El 25 de julio de 2024, el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, se vio envuelto en un incidente que marcaría su trayectoria política de forma irreversible. Ese día, el narcotraficante Ismael Zambada, conocido como Mayo, llegó a una reunión en Culiacán, donde esperaba encontrarse con Rocha. A pesar de la insistencia de ambos actores, Rocha siempre ha negado su presencia en el encuentro, calificándolo de farsa. Sin embargo, la sombra de ese episodio permanece sobre él, evidenciando la complicada red de relaciones entre la política y el narcotráfico en México.
El marco en el que se desarrollaron estos acontecimientos es inquietante. Zambada afirmaba acudir a mediar entre Rocha y Héctor Cuen, un antiguo aliado que había pasado a ser enemigo. Según reportes, fue en este encuentro donde ocurrió una emboscada que resultó en el secuestro y posterior traslado de Zambada a Estados Unidos, donde enfrentaba múltiples acusaciones. Lo más trágico fue el destino de Cuen, quien, tras asistir a la reunión, fue asesinado el mismo día, un acontecimiento cuya versión oficial ha sido cuestionada y revisada por la Fiscalía General de la República.
La historia de Rubén Rocha es emblemática. Nacido en Batequitas, Sinaloa, en 1949, proviene de un entorno humilde; sus padres, dedicados al campo, se esforzaron por asegurar que él y sus cinco hermanos asistieran a la escuela. Rocha se educó en diversas instituciones, alcanzando un notable éxito académico que culminó en su labor como rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Su carrera política pasó por diversas etapas, desde su paso por el PRI hasta su llegada a Morena en 2018, momento en que comenzó a consolidar su perfil como líder político.
Las tensiones en Sinaloa aumentaron significativamente después del secuestro de Zambada, desencadenando una brutal guerra entre facciones del Cartel de Sinaloa, lo que dejó una estela de víctimas y un clima de inseguridad en la región. Rocha inicialmente intentó minimizar la situación, pero el creciente número de muertos y desaparecidos ha forzado una revisión de su estrategia de comunicación y gestión de la crisis.
A medida que se revela más sobre el papel de Rocha en estos eventos, así como la conexión entre los actores políticos y el narcotráfico, se hace evidente que las dinámicas de poder en Sinaloa son más complejas de lo que parecen. La presión internacional, especialmente de Estados Unidos, ha incrementado, y la figura de Rocha enfrenta un escrutinio constante.
El futuro de Sinaloa y su liderazgo podrían depender de cómo se gestiona este entrelazado de lealtades, traiciones y luchas de poder, mientras la sombra del narcotráfico continúa acechando. Con las acusaciones emergiendo, la historia de Rubén Rocha Moya es un recordatorio de que la política y el crimen organizado pueden estar más entrelazados de lo que se ha contado.
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