Pocas veces te encuentras con bocados tan suculentos: el libro Toma de tierra (Libros del K.O.), de Bruno Galindo, ofrece una visión transversal de los últimos 30 años y pico del negocio de la música. Hacia 1987, Bruno ingresa en la industria discográfica y asciende hasta que decide convertirse en periodista musical; luego, se recicla en artista, como dj e intérprete de spoken word. Entenderán la nitidez con que explica algunos de los secretos de tan diferentes oficios.
La riqueza de la experiencia de Bruno parte de que en WEA (ahora, Warner Music) comienza como soldado raso, llevando discos de promoción a radios y a prensa, antes de ascender a la más delicada tarea de acompañar a los artistas a las televisiones. Termina despedido, pero una semana después salta a jefe de producto internacional en EMI, alojada entonces en el mítico edificio de Hispavox en la calle Torrelaguna (si no saben qué cosa fue el Sonido Torrelaguna, vuelvan en septiembre).
Debe dominar la logística burocrática e industrial de poner en circulación nuevos lanzamientos, pero está la compensación de fraternizar con los artistas foráneos. Y aunque Bruno se define como “serio y cerebral”, domina el arte de empatizar con los visitantes y hay leves sugerencias de que, ocasionalmente, aquello deriva en, vaya, momentos de intimidad. La fiesta perpetua de promocioneros y artistas no para: aporta una lista de 23 locales canallas en el Madrid posmovida (y faltan unos cuantos).
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Galindo no tarda en descubrir que el cargo le come todo su tiempo. Implica además exportar el producto español, lo que se puede traducir en un mes de gira hispanoamericana con Azúcar Moreno (pudo ser peor, imaginen escoltar a Remedios Amaya). Pero le encanta tratar con las estrellas mundiales del momento: el protocolo requiere que acompañe a la prensa española cuando se montan entrevistas importantes en Londres, París o Nueva York. En una de esas, atrapado en un diálogo de besugos entre Joaquín Luqui y George Michael, empieza a rumiar que —con su don de gentes— sería mucho más agradecido ejercer de periodista musical.
Propulsado por la proverbial flor en el trasero, aterriza en los días radiantes del periodismo musiquero. Es factible que un medio decida pagar a dos personas (plumilla, fotero) para que vayan a captar algo tan peligroso como “el ambiente” de Jamaica, donde el reggae cede terreno ante el dancehall. En caso de grandes figuras, categoría en la que brevemente se contabiliza al venerable John Lee Hooker, la multinacional de turno está dispuesta a asumir un vuelo de 10.000 kilómetros, y no precisamente en aerolínea low cost. Las estancias en el punto de destino son largas, si se busca concretar una audiencia con Prince o se pretende conocer el Malí profundo de Ali Farka Touré. Y no siempre se encuentran cosas lindas: en la cárcel del pueblo de Touré descubre a una chica que —rodeada de bronquistas que cumplen penas leves— espera ser ejecutada por un “crime passionel”.


