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Tonelhuayo

por en ColumnasTiempo de lectura: 4 min
Columna de Lya Gutiérrez Quintanilla: Historia y memoria
Ilustración: Columna Digital

Por Lya Gutiérrez Quintanilla

De Tepoztlán, vocablo de origen náhuatl que significa “lugar de hachas de cobre”, era el gran tallador-escultor en madera policromada, don Alfredo Martínez Rojas, al que llamaban coloquialmente “Chaneque”. Todas las tallas que salían de sus manos, causaban fascinación tan solo mirarlas. Su gran puesto que refulgía por los colores que aplicaba a sus artísticos trabajos artesanales, causaban la admiración de todo aquel que se acercara a la pequeña calle que conduce a la entrada del Convento de la Natividad.

Desde los fantásticos cerros que rodean el mágico pueblo que lo vio nacer hasta sus coloridas esculturas en madera con las que trabajó su vida entera –falleció en marzo del 2018-, asombraron dentro y fuera del país.

Fue tan artista, que hasta la casa en la que vivió en el corazón mismo del pueblo de Tepoztlán, fue diseño de él mismo, bueno, hasta es autor de su sobrenombre, Chaneque, apelativo que habla de mágicos “aires» que curan o enferman. Al visitarlo en su casa, cuando recién había cumplido 61 años de edad, siete antes de morir, comentó que él fue el iniciador de las esculturas policromadas, aquí en Tepoz.

De recia figura, cuando supo que lo entrevistaría, soltó una carcajada antes de iniciarla. «Ah, qué caray. Bueno, mira, Lya -dice al acceder a esta plática, sentados en la sala de su casa-. empecé a esculpir hace 35 años. Había un artesano, Ángel Campos, que labraba las casitas y figuras de pochote.

“Yo lo veía trabajar y pensé en incursionar con otros temas. Y así, se me fue metiendo el gusto por la madera. Conocía yo a Isidro Barragán, el mejor carpintero que había. Vendía sus piezas casi siempre a extranjeros. Sacaba sus propias tintas, trabajaba también la hoja de oro, igualaba colores, afilaba sus propios serrotes con los que lograba transformar la madera… y empecé a trabajar con él.

“Un poco jugando, me fui ocupando de los encargos simples, como remover la cola para evitar que se endureciera. Pero en ese entonces, tenía otras funciones como la de escribano del pueblo, con una caligrafía preciosa. Así fue pasando el tiempo. Aprendí, con mi maestro, lo que tenía que aprender. Mi ilusión, en ese entonces, era mejorar, y así comencé a hacer artesanías que, dicho sea de paso, no entiendo por qué separar los vocablos arte y artesanía.

“Viajé por todo el país viendo cómo se trabajaba el alambre, hasta lograr hacer figuras casi perfectas. De pronto, me encontré avanzando con maestros como el mascarero Lucas López, oriundo de Guerrero, y con Constantino Calzada, de Guanajuato, hasta que llegó un momento en que hacía yo creaciones muy originales y muy mías. Un buen día, gané el Premio Nacional ‘Manos de México’ en la década de los 90. De ahí en adelante continuaron los reconocimientos que recibía tanto en Morelos como en otros estados de la república.

“Desde ese entonces, mis ventas fuertes han sido a través de la creación en madera que hice con la técnica que emplean las tejedoras de Hueyapan. Ellas pintan de «débil a fuerte» al revés del resto del mundo.

“Y así, fueron aumentando los pedidos del extranjero, pero pronto comenzaron las restricciones: Canadá cerró sus puertas a las artesanías pintadas con plomo y a cualquier producto contaminante. Pero yo seguía exportando a Italia, Puerto Rico, Grecia, Egipto, a Argentina y a Venezuela y, desde luego, a Estados Unidos. Aquí en mi pueblo, la más famosa nevería luce parte de mi trabajo.

“Llegó el momento en que dejé de vivir por trabajar incansablemente. La nómina de mis trabajadores aumentó tanto que un día, mi esposa, preocupada, me dijo: ‘Alfredo, estás trabajando para pagarle a otros, ya no te queda nada para ti’. Y es que, como se atrasan los pagos, tenía que pagarles de mi bolsa. Y cuando al fin recibía lo atrasado, lo tenía ya comprometido.

“Llegó un momento en que dejé de ahorrar y tuve que tomar una decisión. Terminé de exportar y me quedé con un solo trabajador. Ahora hago pedidos especiales y trabajo en lo que me gusta, como en la obra Carnaval de Tepoztlán, que me inspiró el mural olvidado por las autoridades de Cultura en lo que fue el Antiguo Hotel Bellavista, en pleno zócalo de Cuernavaca, y en la Ofrenda al Tepoztecatl, creación netamente mía.

“Y mira -dijo a quien esto escribe al finalizar esta inolvidable plática-, ahora gano bien y, sobre todo, por fin y al fin, ¡vivo tranquilo!”, lo dijo con tan espléndida sonrisa que al mencionarlo iluminó todo su rostro.

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