“¡Candela!” fue el grito que resonó en los circuitos cubanos el 12 de enero de 2026, cuando Donald Trump intensificó su presión contra el régimen castrista. En un entorno político en rápida transformación en América Latina, el presidente estadounidense denunció la relación de Cuba con Venezuela, un vínculo que le había otorgado durante años un flujo constante de petróleo y recursos económicos. El mandatario enfatizó que, después de la reciente muerte de 32 escoltas cubanos en un ataque de EE.UU., la situación en la isla era insostenible. “La mayoría de esos cubanos están muertos y Venezuela ya no necesita protección de esos matones”, declaró Trump, desatando un nuevo ciclo de tensión.
La pérdida de los escoltas cubanos no solo golpeó duramente la seguridad de Nicolás Maduro, sino que también echó por tierra la reputación de invulnerabilidad de la unidad de élite encargada de su protección. Este evento reveló lo que La Habana había negado durante años: la presencia activa de sus tropas en Venezuela. “Cuba, sin más petróleo ni dinero de Venezuela, está en crisis”, advirtió Trump, sugiriendo que la isla enfrentaba un futuro tenebroso.
A medida que la crisis venezolana se agudizaba, el suministro de petróleo a Cuba se desplomó de más de 100,000 barriles a apenas 27,000, lo que exacerbó los problemas económicos de la isla. Las Navidades difíciles que habían enfrentado los cubanos parecían extenderse, enfatizando la precariedad del sistema eléctrico, que dependía, en parte, de la ayuda de México y Rusia.
El impacto de la administración Trump se sintió en toda la región. Con una versión renovada de la Doctrina Monroe, Estados Unidos comenzó a desmantelar el “zona de confort” de dictaduras como las de Cuba y Venezuela, que parecían invulnerables. Las exigencias provenientes de Washington habían llevado, entre otras cosas, al inicio de una transición controlada en Caracas y a la liberación de prisioneros políticos en Nicaragua.
Figuras como el congresista Carlos Giménez, que huyó de Cuba tras el ascenso al poder de los comunistas, expresaron su gratitud a Trump: “Primero Venezuela y después Cuba. Estaremos eternamente agradecidos”. A este contexto se sumó la presión de otros aliados del presidente, incluyendo al senador Lindsey Graham, quien sugirió con ironía que Maduro debería estar buscando un nuevo lugar para vivir.
En respuesta a la situación, La Habana envió a su canciller, Bruno Rodríguez, a Caracas para asistir a un homenaje a aquellos que fallecieron en el ataque estadounidense. Aunque los mensajes de resistencia y unidad resonaron, la influencia de Cuba sobre el chavismo parecía estar disminuyendo. Sin embargo, Rodríguez intentó desmentir cualquier implicación de que Cuba hubiera recibido compensaciones por sus acciones en Venezuela.
Por otro lado, instancias de derechos humanos indicaron que los cubanos jugaron un papel en la represión interna, más allá de su labor de protección a Maduro. Alexis López, un exgeneral del ejército chavista, comentó que “el régimen cubano no tiene ninguna viabilidad en el actual planteamiento geopolítico de EE.UU.”, señalando que por primera vez, los cubanos comenzaban a vislumbrar una posible transformación del régimen.
Finalmente, estos acontecimientos también desafiaron la visión tradicional de la Unión Europea y de instituciones internacionales sobre las dictaduras, que a menudo se caracterizaban por una política de apaciguamiento ante los regímenes autoritarios de la región.
Así, el 2026 se presenta como un año decisivo en la historia de América Latina, donde el fragor de la revolución cubana y la política exterior de EE.UU. podrían marcar un nuevo rumbo para la región.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


