¿Cómo debemos sostener nuestras creencias en un mundo tan contradictorio? Esta es una interrogante que nos acompaña casi a diario, aunque muchas veces no la reconocemos. Sostener nuestras creencias de forma demasiado laxa puede llevarnos a la inacción, mientras que hacerlo de manera excesivamente rígida nos convierte en individuos cerrados a nuevas evidencias. Marcando un punto intermedio, encontramos la contribución del célebre filósofo romano Marco Tulio Cicerón, cuya obra sigue vigente y relevante hoy en día.
En el año 45 antes de Cristo, Cicerón se encontraba en su villa junto al Lago Lucrino, en el sur de Italia, enfrentando desafíos personales y políticos monumentales. La República Romana, que tanto valoraba, estaba en vías de colapso bajo el dedo autoritario de Julio César, su antiguo amigo y ahora rival. A este tumultuoso contexto personal se sumaba su reciente divorcio y la trágica pérdida de su hija Tullia. Sin embargo, fue en medio de esta crisis que encontró consuelo en la filosofía, creando obras que impactarían a pensadores del Renacimiento e incluso a los Padres Fundadores de Estados Unidos.
Cicerón se adhirió al escepticismo académico, una corriente filosófica que, lejos de ser una simple popularización de ideas griegas, le permitió desarrollar su propio vocabulario y perspectivas. Su método estaba basado en el concepto de “probabilidades” o probabilia, un enfoque que permite sostener creencias de manera provisional, suficiente para actuar pero con la apertura necesaria para ser corregidas a la luz de nuevas evidencias.
En su obra Academica, Cicerón define cómo los académicos no afirman certezas absolutas, sino que adoptan posturas que pueden ser consideradas “dignas de aprobación”. Esta clasificación no es un mero ejercicio académico; tiene aplicación directa en la toma de decisiones, desde lo trivial hasta lo crítico, como decisiones médicas o legislativas. A diferencia de otras escuelas escépticas, como el pirronismo, que recomendaban la suspensión del juicio, los escépticos académicos afirmaban que es posible actuar con base en la mejor información disponible, a pesar de las incertidumbres inherentes.
Cicerón desarrolló un método que las personas pueden aplicar hoy. En primer lugar, animaba a expresar el grado de confianza en nuestras creencias en lugar de simplemente declararlas. Por ejemplo, en vez de decir “Creo en X”, sería más útil expresar “Creo en X con un 7 de 10”, lo que permite un diálogo más constructivo y la posibilidad de revisar opiniones. Además, sugería calificar nuestras creencias según su nivel de análisis y de evidencia, reconociendo que muchas de nuestras convicciones se fundamentan en impresiones que requieren mayor escrutinio.
Un aspecto fundamental de su filosofía era la separación entre los valores y creencias empíricas. Mientras que valores como la erradicación del hambre deberían ser inamovibles, cuestiones como la eficacia de un sistema de comidas escolares para lograrlo deben ser sometidas a valoración continua. Esta distinción es esencial para evitar la defensa ciega de políticas que podrían no estar funcionando.
Además, Cicerón aconsejaba expresar en qué circunstancias cambiaríamos de opinión y argumentar correctamente ambos lados de un debate, ejercitando la habilidad de entender la oposición. Estas prácticas no son meras curiosidades; son habilidades que mejoran nuestra capacidad de decisión y argumentación.
Su legado no sólo influyó en la filosofía, sino también en la práctica política. Durante su consulado en el 63 a.C., enfrentó una conspiración liderada por Lucio Sergio Catilina, a quien orquestó una estrategia basada en comportamientos probables, reflexionando sobre la mejor manera de actuar frente a la inminente amenaza. Aunque su decisión fue controversia y lo llevó eventualmente al exilio, Cicerón actuó sobre lo que consideraba la mejor información disponible, evidenciando la volatilidad de la política y la vida misma.
La metodología ciceroniana es especialmente pertinente en un mundo donde la polarización y el dogmatismo están a la orden del día. La ciencia, lejos de operar bajo certezas fijas, se basa en consensos provisionales, constantemente revisados a la luz de nuevos hallazgos. Así, la filosofía de Cicerón se alinea perfectamente con las prácticas científicas actuales y la importancia de mantener una mente abierta.
En el ámbito democrático, la capacidad de debatir y reconsiderar posturas se vuelve esencial. La participación ciudadana no puede ser rígida; debe consentir la posibilidad de cambio basada en evidencia. Un ciudadano que se aferra a sus creencias sin apertura al debate se aleja del ideal democrático.
Por último, a un nivel personal, la filosofía de Cicerón nos anima a revisar continuamente nuestras propias identidades. Sostener una “verdad” inmutable nos convierte en individuos inflexibles, mientras que el examen constante y la disposición a enfrentarnos a nuestras propias certidumbres nos permiten crecer y evolucionar.
Marco Tulio Cicerón, a través de probabilia, nos ofrece un marco valioso para mantener nuestras creencias con flexibilidad y responsabilidad. A medida que navegamos un mundo lleno de incertidumbres, su legado recuerda la importancia de actuar sobre la mejor evidencia disponible, mientras permanecemos dispuestos a cambiar de rumbo cuando se presente nueva información. En tiempos de polarización y ruido, esta es una lección que, quizás, necesitamos más que nunca.
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