Brasil está políticamente agitado, en altamar, sin saber aún dónde va a desembocar. Si las diferentes encuestas no mienten, parece cada día más cierto que el actual presidente Jair Bolsonaro, tachado de nazifascista y de genocida por el abandono al que ha dejado al país con su negacionismo de la pandemia, está en caída vertical. Podría ni llegar a la reelección de 2022 y en caso de que llegara no solo el expresidente Lula sino varios otros candidatos del centro lo derrotarían.
Quizás por ello, al verse cada día más acosado, su agresividad aumenta y sigue cada día amenazando con no aceptar el resultado de las urnas en caso de derrota. Se arropa en las Fuerzas Armadas y policiales y hasta en las milicias para prepararse para la guerra. Y lo más grave como acaba de escribir Eliane Brum en su reciente columna en este diario -Bolsonaro es un mito, sí – no basta derrotar al presidente a través de un impeachment, por urgente e importante que sea. Lo más importante y urgente es acabar con la “criatura mítica”, ya que el mito del capitán va a continuar aún con él fuera del poder.
Más información
Para destronar no solo al presidente sino acabar con el mito será necesario, según Eliane Brum, “refundar a Brasil”. Y es cierto que el Brasil actual, el del mar de víctimas de la pandemia, en el que se hayan humilladas y pisoteadas la cultura, la educación, el medio ambiente, los derechos humanos esenciales y perseguidos los diferentes y los medios de comunicación, ha sido no solo humillado sino destruido y pisoteado.
La bandera de un país ha sido siempre el emblema de su esencia, lo mejor y lo peor de su historia pasada y presente. Y el mito bolsonarista ha ensuciado la bandera de este país al apoderarse de ella, un gesto que ha significado también la ruptura de la gente, la división que es siempre algo satánico.


