Teléfonos móviles, ordenadores, impresoras, pantallas, pequeños electrodomésticos, juguetes y todo tipo de dispositivos. Como si fueran los pasillos de una gran superficie comercial, en los vertederos digitales de países africanos, asiáticos y latinoamericanos se pueden encontrar restos de todos estos productos, procedentes muchos de ellos de las manos de consumidores de Occidente.
En su desmantelamiento y combustión para extraer otros materiales participan numerosos niños y adolescentes, muy valorados por sus manos pequeñas y hábiles. Otros muchos menores de edad viven, van a la escuela y juegan cerca de estos vertederos, con la amenaza para su salud que esto supone el estar expuestos a más de mil sustancias tóxicas.
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Solo en 2019 se generaron 53,6 millones de toneladas de residuos electrónicos en el mundo, una media de 7,3 kilos por individuo, según datos del informe The Global E-Waste Monitor 2020.
El modelo de consumo actual, un uso cada vez más accesible de teléfonos móviles y dispositivos inteligentes y que los electrodomésticos están pensados para ser renovados cada pocos años en vez de repararse son las principales causas de que estos materiales vayan en aumento: las previsiones indican que para el año 2030 se llegará a 74,7 millones de toneladas.
La gestión de este tipo de desechos se debe realizar siguiendo unas medidas de seguridad y unos sistemas de control muy específicos que garanticen las normas medioambientales y sociales. Gran parte de ellos acabaron en alguno de los vertederos ilegales de países en desarrollo. Basureros no gestionados como el de Agbogbloshie, una barriada de Accra, la capital de Ghana, y que son el modo de vida de miles de personas que trabajan extrayendo artesanalmente y sin medidas de protección los materiales que se puedan aprovechar del procesamiento de estos materiales.


